Servidor Descárgate el archivo y súbelo a la carpeta raíz de tu web. Analytics Vincula tu cuenta de Analytics y verifica tu web

25 octubre 2021

CASA RUMIANTE


 
Ilustración de Belén Gómez, 2021


¡Cuántos años esperando éste momento! Volver a abrir la puerta ha sido una gran liberación para mí. ¡Una no puede dejarse penetrar por cualquiera! Era solo cuestión de tiempo que Rodrigo lo consiguiera.

El joven no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre pero cuando la descubrió pensó que una puerta flotante en el segundo piso de la fachada era algo, como mínimo, original.

Que a nadie, en los más de cien años en que su abuela ahora fallecida, moró entre estas paredes se le hubiese ocurrido tapiar ese inútil hueco de la fachada, muy curioso comentó en voz alta. Sin embargo, que la puerta se abriese mágicamente dando acceso a un espacio diferente al esperado abismo frontal del muro le resultó asombroso.

Ya se había ido toda la familia a la península después del entierro y de los rápidos hurtos que todos, a excepción de Rodri, habían llevado a cabo. De las fantásticas cosas de la abuela, casi todas sin valor económico, había muchas que podían esconderse fácilmente en una bolsa de mano como un álbum de fotos, un candelabro o cualquier figurita proveniente de algún país exótico... No hay necesidad de discutir con los demás cuando es tan sencillo que te acompañe para siempre un recuerdo de la casa menorquina de la abuela, debieron pensar los chicos (permitanme que los siga llamando así, para mi siempre lo serán). Y, sin detenerse a dar una vuelta por las murallas de Ciudadela o asomarse a ninguno de los turquesas y verdes acantilados de Menorca, regresaron a sus respectivas vidas dejando atrás sus juveniles recuerdos estivales.

Al morir Norka dejaba para ellos de tener sentido visitar la isla y con el acuerdo, por mayoría simple, de poner la vivienda en venta lo antes posible se despidieron del penúltimo de los hermanos Garau y marcharon con la esperanza de que el paso del tiempo suavizara el cabreo de éste.


Los Garau

Los Garau son una familia mallorquina que, a excepción de dos de los siete hermanos que regresaron a residir a la isla de Palma, Elisa y Rodri, se estableció en Barcelona en los años setenta buscando un medio de vida menos estacional que el que propiciaba el boom turístico que acababa de producirse en las Islas Baleares. Atraídos por el constante crecimiento económico de la industria textil catalana, y cuando todavía la prole la formaban solo Fernando, el primogénito; Manu y la deseada Elisa, que viajó por primera vez en barco enganchada a la teta de su madre, se afincaron en la península.

Tras el fallecimiento de sus padres, hace ocho y cuatro años respectivamente, y la reciente pérdida de la matriarca de la familia, quedaban completamente desprovistos de ascendiente o familiar cercano alguno más allá de ellos mismos, los hermanos.

Si bien entre ellos no había existido hasta el momento de la muerte de la abuela Norka ninguna disputa suficientemente grave, la vida y las decisiones que van conformándola los fue separando, no solo física sino emocionalmente, hasta no conseguir reunirse todos en la misma sala desde hacía muchos años. Cada uno sumido en sus respectivas proles, parejas, trabajos, preocupaciones...Difícil conciliarlo todo para mantener unidas sus realidades.

No siempre fue así. Antes de que la adultez los fuera alcanzando, los siete hijos de los Garau eran una pandilla muy pareja en edad que invariablemente andaban juntos. Verlos llegar a Menorca era para la chiquillería de la pequeña isla un acontecimiento que anunciaba dos meses de caras nuevas y muchas aventuras por delante. La población menorquina se multiplicaba con la llegada de las vacaciones veraniegas, incluso en exceso a juzgar por las gentes que allí pasaban todo el año, y aunque siempre había nuevos visitantes y amigos que conocer, era el reencuentro con quienes iban creciendo juntos verano a verano lo que más entusiasmo ocasionaba entre los muchachos menorquines.

Todos los años en julio, la tropa embarcaba con la madre destino a la casa de la abuela paterna donde el padre se les unía al mes siguiente. Así, toda la familia pasaba el verano entre playas de arena blanca, vertiginosos acantilados y numerosas excursiones que, junto con la libertad de movimientos y el relajo horario del que gozaban, ningún otro viaje hubiera podido eclipsar.

Norka, la abuela, los recibía con la emoción propia de quién disfruta viendo llenarse su casa de ruidos, risas y deliciosos olores. Mucho trabajo que, encantada, acometía desde bien amanecía hasta que todos descansaban satisfechos en sus camas.

Del mayor al más joven: Fernando, Manu, Elisa, Sara, Óscar, Rodri y Dani; después del multitudinario entierro en Ciudadella, concentrados en torno a los grandes butacones de la sala principal, se dispusieron a resolver lo antes posible los asuntos pendientes que la muerte de la abuela obligaba a atender. Así, sin querer prestar mucha atención a los objetos ya convertidos en lejanos recuerdos de la niñez, ninguno pudo evitar sentir el frío que ahora irradiaba la estancia. Era como si en ella todo también hubiera muerto. Como si los antiquísimos tapices, robustos muebles, incluso el espléndido sol que traspasaba las ventanas hubiera dejado de abrigar las paredes y los cálidos recuerdos que habían pasado en ella. Sintieron escalofríos y sin embargo, ninguno de los Garau lo comentó. Se les notaba en la rígida postura. Los cuerpos son a menudo delatores de los sentimientos que soporta el alma.

El ojito derecho de la abuela paterna salió a despedir a sus hermanos con mas apatía que tristeza pero con el cariño inexcusable al que obliga la sangre.

Al quedarse solo frente a la fachada, que le parecía único significante de vivencias felices, fue cuando la vio por primera vez. Allí en el lateral, a la altura del segundo piso de la vivienda, se ubicaba una puerta que no tenía constancia de haber visto nunca pero cuya apariencia y marcas del paso del tiempo sugerían que llevaba ahí desde siempre.

Impulsado por las emociones de los últimos días, corrió hacia el interior de la casa. Descubrió la ubicación del lado opuesto de la abertura al vacío en el mismo salón donde unos instantes antes, junto a sus hermanos, sentía un frío helador. Al mover el piano que no recordaba haber visto tocar jamás a nadie, afortunadamente provisto de ruedas, y bajo el gran tapiz de colores apagados por los años encontró un ornamentado portón de madera que no tenía nada que ver con la versión anodina y metálica de la parte exterior.

Hizo girar muy despacio el picaporte convencido de que no se podría abrir pero se equivocó. La puerta cedió hacia fuera descubriendo un espacio amplio y acotado por cuatro paredes donde solo un elemento,desde el centro, regentaba el recinto.

Con los ojos muy abiertos, y mientras una extraordinaria sensación de calidez ascendía por su espalda, dio un paso al frente quedando sobre el bicolor suelo de mármol y bajo el cobijo de un fantástico cielo estrellado.


La abuela Norka

Mi querida Norka se fue tranquilita y sin hacer ruido. Sin dolores corporales importantes y sin haber sufrido ninguna enfermedad mencionable a lo largo de su longeva vida, el pasado jueves diecinueve de febrero del año de vuestro señor dos mil doce.

Se arropó en la cama y no volvió a ver amanecer. Entre remotos recuerdos, y sueños enredados con la realidad, abandonó este mundo satisfecha y agradecida por haber tenido tanta suerte. Claro está que todo siempre es mejorable, pero también pudo ser infinitamente peor. ¡Bien lo se yo que he visto pasar tantas cosas entre mis cuatro paredes!

Cuando el vecino trajo el pan a la mañana siguiente, al serle ya físicamente imposible responder a su llamada a mi última propietaria, lo dejé entrar. La encontró en la centenaria alcoba del fondo de la primera planta. Al contemplar su plácida sonrisa y mortuoria postura debió deducir que ya no iba a tener que venir nunca más. Una pena dejar de disfrutar del té calentito cargado de historias con que la señora lo obsequiaba a diario, debió pensar el chico, o al menos eso pensé yo.

«¡Deja de tirarme de las trenzas!» Le gritaba medio sollozando hace noventa y cuatro años al primer individuo de género masculino, en este caso su hermano, que abuso de su superioridad física sobre ella. Así, con solo nueve años, comenzó la pequeña Norka a aprender delante de mis narices, e imagínense de la época de la que les hablo, que los hombres además de mas fuerza física tienen un poder aún mayor sobre las féminas, el convencimiento popular de su total supremacía, y eso es más grave. Ellas poco podían hacer por esa época más allá de ver, oír y callar. Las exigencias primero del padre, mas tarde de los hermanos y después del esposo, se obedecían sin rechistar. Pero Norka tuvo mucha suerte. Se casó con un buen hombre, trabajador, calladito y silencioso que tuvo la amabilidad de morirse hace algo más de treinta años cuando ella estaba mentalmente ya divorciada de las costumbres de las señoras de su edad. No me malinterpreten, fue una mujer afortunada. El padre de sus hijos no la quería pero la respetaba, al menos en apariencia. Ambos se atendieron hasta que la repentina muerte del hombre de la casa la liberó de las tareas de esposa. La había oído muchas veces decir que daba mas trabajo de lo que valía el pobre...La verdad es que el señor Manuel aportaba poco mas que el sueldo en la familia, era casi como un mueble pero al que hay que alimentar y lavar la ropa. No fue una gran perdida para nadie. Fue a partir de ese momento cuando Norka pudo dedicarse, con menos cautela y mas empeño, a lo que los demás llamarían una perdida de tiempo si hubieran conocido sus costumbres y que, salvo por sus hijos y mi protección, es lo que hicieron su vida más plena de lo que le tocaba.

Nunca fue una mujer al uso, sus inquietudes excedían con creces los limites de la casa que sus padres le legaron y por supuesto del calor de los fogones, aunque cocinaba de maravilla. Recuerdo exactamente el momento en que construí su sitio favorito, un lugar donde pudiera ser feliz. Fue cuando los chicos salían ya de la penosa adolescencia y la lenta rutina diaria, sin novedad ni sorpresa alguna, aumentó su sensación de desidia empezando a convertir el oxigeno del aire en una espesa capa difícil de digerir. La sensación de asfixia se hizo casi palpable. Sentí miedo por ella. La había visto nacer, crecer, callarse por obligación, acariciar mis paredes paseando entre las habitaciones con las puntas de los dedos tantas veces…¿Cómo no iba a querer verla feliz? Era mi niña. La más especial de todos cuantos han pasado por aquí desde que su abuelo levantó mis tabiques, ladrillo a ladrillo con sus propias manos. Siempre fue una persona inquieta pero con el paso de los años la sensación de perdida de tiempo empezó a convertirse en lo que ahora los jóvenes llaman ansiedad. Las tareas ordinarias en las que se afanaban día tras día las demás madres y esposas para ella eran mecánicas e insustanciales y, aunque nunca lo exteriorizó, odiaba el papel que desempeñaba por insulso. Había tantas preguntas que resolver, tanto que conocer y experimentar, solía pensar antes de dedicarse en alguna de las más engorrosas faenas que su familia alababa tanto como por ejemplo, la elaboración de deliciosas mermeladas caseras cuya elaboración llevaba las suficientes horas como para estar ocupada todo un día. Ojalá hubiera sido creyente para encontrar resignación y respuestas a todas las preguntas encomendándose a una fe ciega que por mucho que se esforzó nunca consiguió interiorizar.

Así que, como las apariencias las tenía más que controladas, le abrí una puerta a la esperanza en forma de habitación donde pudiera ser ella misma y olvidarse de todos los demás. En la sala puse solo un mueble, la mecedora de madera y piel en tonos caoba en la que de pequeños acunaba a sus hijos. El balanceo de la butaca tenia un ritmo hipnotizante en su ánimo y me pareció adecuada para que meciese primero sus pensamientos y más tarde expiara sus culpas entre un cielo estrellado por techo y el tablero de ajedrez que le dibujé en el suelo. Yo cree el espacio. La magia la puso ella.

Hasta su muerte solo Norka había estado allí. Cuando sentí en su nieto Rodrigo las mismas inquietudes que tan bien reconocía y supe que era él quien merecía conocer a su abuela, volví a abrir la puerta solo visible para quien es capaz de ver.

 

Espacio abierto

Lo primero que vio al sentarse en el butacón de la abuela fue un cielo nocturno que, a pesar de ser todavía de día en la calle, le custodiaba desde lo que debía de haber sido un techo. Lo siguiente, ni estaba físicamente en la habitación, ni hubiera podido llegar a imaginarlo jamás.

Al empezar a balancearse rítmicamente, como hacia siempre Norka, empezaron a sucederse ante sus ojos, como si de una película se tratase, varias escenas. Completamente atónito vio a la abuela salir de la habitación que compartía con el abuelo Manuel. Llevaba un almohadón colgando de una esquina de éste. Salia tranquila hacia el pasillo y cerró la puerta tras de si dejando a su marido sobre su lecho mortal. Acto seguido, otra imagen. Lo vio a él, al abuelo en la cama de la que siempre habían llamado la tita Antonia, la vecina de la casa más cercana. Concretamente, reposaba sobre los pechos de ésta satisfecho, extenuado y algo mas joven que en la escena anterior.

El siguiente acto que se proyectó ante él, lo protagonizaba otra vez la abuela. Esta vez en la entrada del cementerio de Menorca mientras se despedía, con un beso en los labios, de un hombre desconocido para él mientras un sereno llanto recorría el rostro de ambos.

Saltó de la butaca como un resorte volviendo a ver con sus propios ojos. Huyo de la habitación trastabillando y cerró como si temiese que los relatos que acababa de presenciar escapasen tras él. Mientras caminaba sin rumbo por el salón, dirigía la mirada hacia atrás repetidas veces donde los ojos se topaban una y otra vez con el tapiz verdoso que cubría la entrada al espacio que no lograba comprender. No daba crédito a lo vivido pero tampoco podía obviarlo. Lo que acababa de ver le parecía tan real como el sonido del reloj que estaba escuchando y cuyas agujas marcaban la misma hora que hace lo que le parecía una eternidad, cuando descubrió cosas que solo sus protagonistas conocían hasta ese momento. Puestos a creer en lo increíble, no es descabellado que en un espacio inexistente tampoco exista el tiempo, pensó.

Terminó por volver a entrar. No dudé ni un momento que lo haría.

De esta manera, le mostré al nieto favorito de Norka los momentos mas significativos de la vida de ésta y que ningún hijo o nieto hubieran imaginado de ningún modo. La otra vida de la abuela o al menos la menos pública. Tampoco nadie había indagado sobre ella jamás.

Rodrigo alargó su estancia en Menorca y pasó gran parte de los dos días siguientes encajando las piezas de una vida cercana y ajena; llena de narraciones a través de los propios ojos y recuerdos de ésta. Historias que ella recreaba una y otra vez apartada en su retiro secreto y donde, siempre reflexiva, imaginaba qué hubiera pasado si...o que hubiera hecho si cual…

Así, descubrió que la cariñosa y juiciosa Norka había tenido siempre un gran amor; éste no pasó nunca al plano físico pero su solidez la acompañó hasta el día de su muerte y cuyas miradas decidieron dejar de cruzarse en la entrada del cementerio local el día que sepultaron a su marido. Le costó trabajo interpretar la causa por la que decidieron dejar de verse justo cuando ya hubieran podido relacionarse abiertamente. Sin embargo, con el paso de los días y cuanto más profundamente iba conociendo los pensamientos de su abuela; esa señora que repartía a escondidas trozos de pan con chocolate después del reglamentario bocadillo de jamón de la merienda estival, supo que quien esconde un secreto con sus nietos a plena luz durante años es muy capaz de guardar muchos más. El señor canoso, de ojos grandes almendrados y quizás algo desaliñado, que presidia la mayor parte de sus pensamientos era buena prueba de ello. Lo amó siempre con una admiración casi devocionaria y nunca necesitó nada mas allá de la certeza de su existencia.

Vio también, como si hubiera estado presente, que fue Norka la que ayudó a morir al abuelo Manuel por exigencia de él mismo, que no estaba dispuesto a sufrir meses de padecimiento ante un claro diagnóstico de muerte inminente por una enfermedad degenerativa. La versión oficial, la familiar, siempre fue un infarto mientras dormía que no había motivos para poner en duda. Tampoco en ésta cuestión la familia indagó nunca.

De las constantes escarceos de don Manuel con la vecina, Rodri solo pudo dar por sentado que su abuela estaba mas que enterada y que no le importaban ni lo mas mínimo. Él tampoco le dio mayor importancia. Ya era lo suficientemente mayor para saber que las pasiones carnales rara vez se dan en la misma cama donde se tratan las rutinas diarias.

No conocía a su abuela en absoluto, concluyó acertadamente el joven. Y, mientras paseaba tranquilamente por los rincones y acantilados de los recuerdos de sus veranos en la isla, su razonamiento se fue extendiendo a sus hermanos. Hermanos que eran ya su única familia y cuya mayoría había decidido venderme lo antes posible.

De repente le empezó ha parecer angustioso pensar en otra gente recorriendo las habitaciones de la casa familiar, imaginar a desconocidos descubriendo también los secretos y anhelos de Norka desde su propia butaca eso no iba a pasar, claro, pero él no podía saberlo―, que fueran otros los que disfrutaran de la paz, olores y los verdes y azules tonos que durante estos días había vuelto a sentir como años atrás. Quedarse definitivamente sin un sitio íntimo al que volver. ¡Ni de coña! ―dijo en voz alta sin darse cuenta.

Sentado con los pies colganderos en el puerto de Ciudadella se decidió a llamar a la única de sus hermanos que también había votado en contra de la venta, Elisa, la tercera de los Garau. ―¡Maldita sea! Nunca hay cobertura en esta maldita isla― exclamó cabreado mientras se levantaba dispuesto a volver a casa para poder llamar tranquilo.


Un cambio lo cambia todo

Tres timbrazos al otro lado de la línea y Elisa contestó.

―¡Hola feo! Desde luego siempre has tenido el don de la oportunidad…

―¿Te pillo mal? Si quieres te llamo mas tarde.

―Hombre, ya que me has cortado el rollo da igual…

Hermana, hay situaciones en las que no se debe contestar al teléfono Se escucharon risas a ambos lados del teléfono.

―Bueno, ya que me has fastidiado el tema, ¿qué te cuentas? ¿Alguna novedad?

Sigo en casa de la abuela, en Menorca.

(Silencio)

¿Estás aprovechando para tomarte unas vacaciones?preguntó Elisa.

Algo así...Niña, no quiero vender la casa― dijo.

―Ya― contestó Elisa ― pero los demás lo tienen muy claro.

¡Es que me da exactamente igual lo que quieran los demás! ¡Creo que hay cosas que no se pueden decidir por una mayoría simple y punto! Con que uno solo de los siete no estemos de acuerdo no se puede vender. ¡Ya está bien de hacer siempre lo que los estirados de tus hermanos digan!― dijo subiendo la voz.

―También son tus hermanos― contestó ella con una risita forzada en un intento de quitarle hierro al asunto y continuo indagando ―Rodri ¿ha pasado algo estos días que te haya hecho estar tan seguro de tu decisión de repente? Lo pregunto porque cuando nos reunimos todos votaste en contra de la venta, como yo, pero no dijiste nada después de la votación y parecías conforme.

Dudó mucho si contarle a su hermana lo vivido, los secretos descubiertos durante los días pasados pero entonces recordó una frase del abuelo Manuel: «Si no quieres que algo se sepa, no lo cuentes» y finalmente se lo guardó.


Mira Elisa, ya me he dado cuenta de que cada uno va a lo suyo y es lo normal, no lo critico, pero es en ésta casa donde siempre me sentí más unido a la familia. Creo que es la única que he considerado un hogar. Aquí hemos sido muy felices y ya solo eso me parece motivo más que suficiente para conservarla; ― siguió hablando sin parar ―tus hermanos, incluido yo, estamos siempre quejándonos de que en éstos tiempos es casi imposible tener nada propio, la mitad estáis hipotecados hasta los ochenta años y los demás, como Sara, Óscar y yo, llorando siempre por las esquinas porque los alquileres nos sangran más de la mitad de lo que ganamos. ¿Y ahora, me vas a decir que es una locura que nos quedemos con una casa maravillosa a la que poder escaparse, que sea punto de encuentro, y garantizar también que nuestros sobrinos e hijos hereden algo digno de no rechazar, algo que no sean deudas?― hablaba como una metralleta, casi sin pararse a respirar, sin pausas.

Elisa, que estaba de acuerdo en todo con él, decidió dejarlo desahogarse. No era muy habitual escuchar a su hermano expresarse con tanta determinación sino más bien que intentara evitar cualquier enfrentamiento o situación incómoda. ― Lo dejó continuar hasta que remató el discurso con un insólito: «¡esta vez, no pienso dar mi brazo a torcer!». Tomó aire y aguardó en silencio la reacción de la mayor de sus hermanas.

Tras una breve pausa, Elisa retomó la palabra.

―Vale niño, está claro. Si tú te niegas la casa no se vende. ¿Cómo quieres lanzar la patata caliente? Porque creo que tus hermanos van a mandar para allá al perito más pronto que tarde. Están deseando vender.

No sé hermana― dijo casi en un suspiro ―Fer y Óscar se van a cabrear. Supongo que reaccionarán mal y es posible que me avasallen con términos jurídicos que no podré rebatir porque no tengo ni la más remota idea del tema.

Estoy contigo en ésto y te voy a apoyar hasta el final pero te advierto que se va a liar parda. Dejame hacer algunas llamadas a los demás para tantear el terreno y empezar a preparar el campo de batalla.

―Gracias Elisa.

―Por cierto ― siguió ella ―¿Hasta cuando tienes previsto quedarte en Menorca?

No lo sé, ― contestó ―de momento hasta que se resuelva ésto. ¡Estoy dispuesto a encadenarme a la casa si fuera necesario!― Él también cambió el tono y terminó por reírse.

Ok, cuando sepa algo te digo cosas. Ve comprando las cadenas por si...

―Te quiero hermanita.

―Y yo a ti peque.

Ambos colgaron el teléfono comprobando antes la duración de la llamada. Extrañas costumbres humanas…

A Rodri le quedó una efímera sensación de triunfo tras haberse plantado al fin sin importarle las consecuencias, tras lo cual, decidió concederse unos momentos bajo el estrellado cielo que durante tanto tiempo alumbró a su, cada vez más, amada Norka.

Pasaron un par de días hasta que los chicos volvieron a ponerse en contacto. En ese tiempo reforcé la decisión de mi fiel defensor haciéndole ver esta vez sus propios recuerdos con la familia. Momentos borrados por la edad adulta que en su momento tanto significaron para él y sus hermanos. Así, la ansiedad por la pérdida de la casa dejo paso a la esperanza de saberse haciendo lo correcto y sobre todo lo que deseaba.

La reacción del resto de los hermanos Garau fue la esperada. Se produjeron largas discusiones que empezaron, como siempre ocurre en estos casos, en un tono amable y terminaron a gritos la mayoría de las veces sin llegar a posición intermedia alguna. ¡Una pena escuchar pelear así a los chicos!

Rodri, cada vez mas inquieto con las sucesivas conversaciones, se dedicó a deambular por pasillos y cuartos como si esperase encontrar una solución susurrada desde las propias paredes. Recorría cada rincón, desde las destartaladas y polvorientas solanas de la tercera planta hasta las habitaciones colindantes al patio trasero que daban paso al huerto oculto bajo densos parrales. Se sentó durante horas, como hacia de niño, en las frías escaleras de mármol entre la planta baja y el primer piso; si de pequeño se dedicaba a soñar despierto, esta vez revivió algunos sueños pasados que en los últimos veinte años lo habían acompañado en las noches y que hasta ese mismo momento no se habían dejado recordar. Es curiosa la memoria,― pensó ― puede pasar décadas en silencio para de repente bramar con fuerza la importancia de algo en la vida de uno.

Fue durante uno de estos registros, mientras picaba algo en la despensa de la cocina, cuando se le ocurrió ponerse en contacto él mismo con un perito de la zona. Como vivienda era ya muy antigua y, consciente de que en los últimos tiempos no se me había hecho mejora alguna, puso todas sus esperanzas en que fuese el mismo desgaste y sus costes materiales los que resolvieran el problema e hiciera a sus hermanos replantearse la venta.

De sus pesquisas obtuvo buenas y a la vez muy malas noticias. Efectivamente me encontraba más deteriorada de lo que a simple vista se podía apreciar. Mi tejado, ya apuntalado hace algunos años en algunas zonas, amenazada con sucumbir mas pronto que tarde y la tasación fue muy baja frente a lo que esperaba la familia.

Así, mientras los demás se hacían a la idea del escaso beneficio económico que les podía reportar y se debatían entre hacerme algunas mejoras para incentivar mi valor, Rodri tomó la iniciativa, por motivos bien distintos, y contrató los servicios de un albañil vecino que prometió ajustar al máximo el presupuesto y hacerme un lavado de cara para que no terminará por perderse una casa por la que su anciano abuelo conservaba un vivo cariño.

Las obras comenzaron a mediados del mes de abril y me dispuse a dejarme hacer.


Entre escombros

Las tinieblas reivindicaran su espacio,

la tempestad lo destruirá todo.


Solo hizo falta que el joven albañil de ojos almendrados retirase una de las vigas que apuntalaban la despensa para que me derrumbara. El peso del techo hizo ceder mis primeras paredes y éstas arrastraron todo lo demás. No quedó nada en pie.

Tras el estruendo solo quedó de mí un montón de escombros. Sobre la pila de ruinas sobresalía una puerta de madera maciza que nadie, salvo Rodri, recordaba haber visto nunca. El cadáver de mi cooperador necesario para la destrucción se encontró rodeado de losas blancas y negras que nunca existieron. La víctima resulto ser nieto del verdadero y misterioso amor de mi dueña. Los secretos de Norka lo seguirán siendo para siempre. Hasta aquí mi doméstica historia.


                                                                            Fin.





01 octubre 2021

Casa rumiante (6ª y última parte)

 Entre escombros

Las tinieblas reivindicaran su espacio,

la tempestad lo destruirá todo.



Ilustración de Belén Gómez, 2021


Solo hizo falta que el joven albañil de ojos almendrados retirase una de las vigas que apuntalaban la despensa para que me derrumbara. El peso del techo hizo ceder mis primeras paredes y éstas arrastraron todo lo demás. No quedó nada en pie.

Tras el estruendo solo quedó de mí un montón de escombros. Sobre la pila de ruinas sobresalía una puerta de madera maciza que nadie, salvo Rodri, recordaba haber visto nunca. El cadáver de mi cooperador necesario para la destrucción se encontró rodeado de losas blancas y negras que nunca existieron. La víctima resulto ser nieto del verdadero y misterioso amor de mi dueña. Los secretos de Norka lo seguirán siendo para siempre. Hasta aquí mi doméstica historia.


                                                                Fin.