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30 diciembre 2020

'La tendera'

 


Cuando entraste en la tienda solo buscabas una bobina de hilo un poco más grueso de lo normal. Tus pantalones vaqueros preferidos se rasgaron esta mañana por donde el roce de los muslos más castiga la tela y, aunque te puedes permitir el lujo de comprar todos los que quieras, el recuerdo no muy lejano de los meses en que el sueldo se acababa a partir del día diez, te ha empujado a indagar por la zona en la que vives y apenas conoces. Has encontrado una de esas pequeñas mercerías superviviente a pesar de los feroces centros comerciales, donde las tenderas tienen de todo y saben, y además te explican, cómo debes hacer las labores.

Al empujar la puerta, anunciado por el sonido de una antigua campanilla colgada del umbral y, suponiendo tus expectativas una adorable ancianita detrás del mostrador, te has topado con los profundos ojos marrones de la exuberante dependienta que regenta la abarrotada tienda de colores.

Torpe y titubeante conseguiste hacer tu pedido, pero consciente y a sabiendas de querer alargar tu visita, has pedido distintos tipos de adornos mientras ella sonreía a medias, conocedora de tu intención, manteniéndote la mirada.

Cuarenta minutos después de entrar en la tienda, fatigoso, sudoroso y abrazado a la vendedora en un suelo lleno de botones esparcidos, con la campanilla silenciada por la doble vuelta echada de la puerta, y escondidos tras el mostrador, has resuelto que las grandes superficies son frías e impersonales. Que no hay nada como el trato cercano de los comercios de barrio y el saber hacer de las afectuosas tenderas de toda la vida.

25 diciembre 2020

El verano más caluroso


 ¡Que  calor  hizo  ese  verano!  Yo  sin  embargo,  estaba  con  mi  familia  en  la  sierra donde  por la  noche  incluso  dormíamos  tapados. Tenía  catorce  años  y  Manu  dos  años  más  que  yo.  Pasamos  ese  verano  correteando  uno detrás  del  otro  por  el  borde  de  la  piscina,  mirándonos  desde  lejos  y  esquivándonos cuando  la  situación  ya  daba  mucha  vergüenza.  Nos  conocíamos  de  vista  del  año anterior,  algunos  amigos  comunes,  pero  nunca  habíamos  cruzado  una  palabra  hasta entonces. Aun  así, ningún diálogo entre  los dos  tenía  una  duración superior  a  dos frases. Como  suele  pasar  en  estos  casos,  no  fue  hasta  el  final  de  mis  vacaciones  en  el  pueblo cuando  se  produjo  un  acercamiento.  Se  acababa  el  tiempo,  nos  gustábamos  y  lo sabíamos  los  dos.  Así,  los  juegos,  las  bobadas  y  el  buscar  cualquier  pretexto  para acercarnos  se  convirtieron  en  el  objetivo  diario.  ¡Qué  bonita  aquella  edad  y  qué  ajena vivía  yo a  todo, incluso a  si hacia frío o calor! 

Por  fin  una  tarde,  mientras  cumplíamos  con  nuestra  única  obligación  diaria,  estar  de cuatro  a  ocho  de  la  tarde  en  la  piscina  municipal,  se  produjo  lo  que  llevaba  deseando todo  el  verano.  Sin  estar  planeado,  pero  acuciados  por  mi  inminente  marcha  del  pueblo, abandonamos  cada  uno  la  respectiva  partida  de  cartas  con  la  pandilla  y  nos  zambullimos en  el  agua  a  la  vez.  Nos  quedamos  allí,  pegados  al  borde  de  la  piscina,  uno  al  lado  del otro, sin decirnos nada, un poco agazapados intentando no ser vistos  por los demás. Estábamos  callados  y  sin  embargo,  la  tensión  hablaba  más  fuerte  que  cualquier  cosa  que hubiésemos  podido  haber  dicho.  Manu  se  acercó  un  poco  más.  Yo  respondí  a  su  gesto de  la  misma  manera  y  cada  centímetro  que  ganábamos  al  aproximarnos  al  otro multiplicaba  el  nerviosismo.

Envalentonado,  me  cogió  la  mano  con  la  que  me  sujetaba al  bordillo,  me  miró  y  tiró  de  mí.  Nos  sumergimos.  Entonces,  bajo  el  agua,  haciendo esfuerzos  para  que  los  cuerpos  no  subieran  solos  a  la  superficie  y  mientras  los  ojos  se miraban muy  abiertos, nos besamos. La  emoción  y  el  estallido  hormonal  que  viví  en  ese  instante  no  son  comparables  con nada,  por  muy  intensas  o  eróticas  que  hayan  sido  otras  experiencias  de  mi  vida. Sencillamente era  la primera  vez  que  deseaba  a  alguien  y  la primera  que  éste me  besó. ¡Qué  calor hizo ese  verano!  Incluso bajo el agua. 

20 diciembre 2020

CARMELITA- ÁLTER EGO CARICATURESCO


     Bajita y con unos inmensos y desproporcionados ojos verdes, que son el único rasgo reseñable de mi fisonomía, jamás pensé que esos dos fueran a centrar su atención en mí. Pensaba salir del brete calladita, obedeciendo y pasando desapercibida, cómo hago todos los dias de mi vida. Pero atendiendo a que además de un poco torpe, no soy muy buena vaticinando desenlaces, todo salió al revés. 

  Mientras intentaba solucionar el desaguisado con el pago de algunas facturas en la oficina de mi banco, al empleado de la sucursal le dio por hacerse el héroe. Cuando entraron los dos cretinos con vocación de atracadores, estábamos ya trece personas presentes entre los que se contaban clientes, dos empleados, los ineptos en cuestión, el director del banco y la señora de la limpieza que, terminando de recoger sus chismes, se disponía a marcharse. Tras escuchar el manido grito de "¡todos al suelo! Esto es un atraco" nos tiramos al unísono como a las trincheras, inmediatamente. Eran tales los temblores con que los rufianes empuñaban sus armas que pensé podrían fácilmente matar a una persona con tres disparos diferentes, en vertical , de un solo impulso. 

En el momento en que amenazaron directamente al cajero, que unos minutos antes me atendía a mí, y su compañero, con más pánico que disimulo, pulsó el botón rojo de alarma, fué cuando se desató el caos. Los atracadores comenzaron a gritar, los clientes a llorar espasmódicos y yo, que soy medio tonta, me ví de repente entre una pistola y una adorable anciana que estaba siendo encañonada. En cuanto lo hice, y mientras me escuchaba tratar de dialogar con los mequetrefes que nos iban a dar el día, me pregunté qué carajo hacía yo delante de una pistola defendiendo a una vieja. Sin embargo, como la situación no dejaba mucho espacio a la meditación, haciendo uso de mis dotes de relaciones públicas, aunque en modo vibrador, traté de contener al tipejo que me apuntaba directamente al flequillo, apelando a su supuesto sentido común.  Pero como el diálogo, la negociación y ruegos no parecían hacer mella en mi interlocutor, me ví otra vez avocada a actuar impulsivamente. Sin ser consciente del movimiento que ejecutaba, hundí la rodilla en la zona más blanda del tipo que, según me contaron más tarde, cayó al suelo por el dolor, no sin antes propinarme un fuerte golpe con la culata del arma en la cabeza que me dejó fuera de juego. Para cuando desperté, en una ambulancia en la puerta del banco, ya había pasado todo. Por lo visto, en el mismo instante en que el fallido ladrón y yo nos derribabamos, llegó la policía y el episodio se resolvió sin mas consecuencias ni heridos que yo misma. 

Así las cosas, los malos detenidos, mis urgentes gestiones bancarías sin realizar, y con un aparatoso, a la par que ridículo, vendaje en la cabeza, aparecí en todos los medios locales de comunicación como ejemplo de imprudencia y de lo que no se debe hacer en una situación similar. El héroe del día, el que pulsó el botón. De esta estúpida, y temeraria manera, dejé de ser cauta y de pasar desapercibida. 

18 diciembre 2020

Ventana al infinito


Cuando Alberto sintió húmedos los pies y miró hacia abajo, atónito, descubrió que
 estaba caminando sobre esponjosas y blancas nubes. No tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí pero, no tuvo mucho tiempo para pensar en ello pues, un segundo más tarde se encontraba junto a una bandada de sorprendidas gaviotas que lo observaban curiosas haciendo un alto en su camino hacia la costa.

Una de las aves se atrevió a preguntarle a qué se debía su tan temprano paseo por las  nubes. Lo que sorprendía a las aves era que paseara tan temprano, comprendió Alberto.

Sin embargo, él no acertaba a entender cómo era posible que estuviera hablando con una pandilla de animadas gaviotas mientras flotaba sobre las nubes, en lo que parecía ser

 la madrugada de un día que, desde su elevada perspectiva, parecía sería algo frío.

Sin haber contestado a la pregunta del pájaro Alberto se dirigió a la gaviota: _ Hola,  perdone señora gaviota ¿podría decirme usted dónde estamos en este momento?- la  gaviota le respondió;- Estamos a no mucha altura, al otro lado de la ventana, másc concretamente en la primera capa del cielo. _ ¿Te has perdido o es que eres nuevo pora aquí - le dijo- El chico, desconcertado, negó con la cabeza y contestó: _No sé cómo he llegado hasta aquí, y por mucho que lo intento soy incapaz de recordar de dónde vengo.

- Alberto, preocupado, miró a la gaviota esperando de ella una respuesta que despejara todas sus dudas. Amelia, que es con el nombre con el que se presento el pájaro, sintió pena del joven y tras consultar con sus compañeras, bajo la atenta mirada de Alberto, les sonrióy le dijo que no podía resolver sus dudas pero que conocían a un amigo que quizá le podía ayudar. Unos segundos más tarde, una bandada de gaviotas atravesaba el cielo formando una uve que arrastraba la pequeña nube sobre la que viajaba el muchacho, que disfrutó sintiendo el fresco aire de la mañana en la cara.

La siguiente parada fue el llano de un bosque justo enfrente de un gran tronco de árbol.

Las gaviotas se despidieron de él y le indicaron que tocara suavemente con los nudillos el tronco donde vivía el anciano búho del bosque. Según afirmaba la bandada, era el más sabio del lugar ya que además de su avanzada edad, aunque su apariencia fuese la de un ave mucho más joven, el pájaro llevaba toda la vida observando a su alrededor y ya, en este lado de la ventana al infinito, se dedicaba al estudio y a conversar con el resto de especies con las que convivía.

Una vez solo, tocó a lo que él suponía podía ser la parte delantera del domicilio del búho. En cuestión de segundos descendió de lo más alto del tronco del árbol un enorme pájaro que interesado se dirigió a Alberto: _ Hola muchacho, ¿qué te ha traído hasta mi casa? ¿Puedo ayudarte en algo?

_Pues...- titubeó Alberto al contestar- a decir verdad me han traído una bandada de gaviotas sobre una nube. Ellas me dijeron que no podían hacer nada pero que, quizás usted podría ayudarme a averiguar cómo he llegado a este lugar porque no puedo recordar nada. ¿Será usted tan amable de intentar ayudarme?

El pájaro quedo pensativo observando al chico. Pasó un buen rato hasta que el anciano se decidió a contestar: _¡Claro muchacho!, intentaremos entre los dos encontrar respuesta a tus preguntas, pero ahora pasa a mi casa y toma una taza de té. No lo necesitamos ni tú ni yo para subsistir pero ya que nos lo obsequia el vecino Tilo no debemos desaprovechar la ocasión de saborearlo.

Alberto, sorprendido una vez más por su reciente habilidad para hablar con todo tipo de aves, siguió al búho hasta el interior del tronco. Cuando el chico estaba dentro, giro sobre sí mismo para contemplar atónito cómo el descomunal árbol estaba lleno de arriba abajo de tal cantidad de libros que resultaba imposible ver las paredes de la vivienda.

Allí, como le contarían más adelante sus nuevos amigos, había un ejemplar de cada libro o manuscrito hecho por el hombre desde el inicio de los tiempos antiguos en que comenzó a garabatearse la escritura.

Tras presentarse formalmente, y exponerle el joven que su único interés era volver a casa donde lo esperaba su chica lo antes posible, Hugo el búho le explico de una manera muy clara que ya no tenía que volver a ningún sitio, aquel plano paralelo era su nuevo destino y que al otro lado de la ventana no lo esperaba nadie ya que su vida mortal había terminado. Los motivos o causas de su muerte no eran importantes. Su único objetivo a partir de ahora sería instruirse e intentar en lo posible salvaguardar lo primario en el lado finito, la naturaleza y las especies que allí subsisten con cada vez menos acierto, en la medida de sus intereses y siempre atendiendo a sus conocimientos y aptitudes que, desde el momento que cruzó la ventana, se vieron incrementados.

En los días y meses siguientes Alberto se dedicó a leer gran cantidad de ejemplares que custodiaba el búho Hugo y se acostumbró a poder comunicarse con todo ser vivo que lo rodeaba, ya fuese humano, animal o planta. Por descontado, le parecía sumamente interesante pero no dejaba de pensar en Elisa. ¿Cómo estaría?-Se preguntaba-. La echaba tanto de menos. Como le gustaría a ella todo este nuevo mundo donde la codicia, las cosas materiales y la incomprensión no existían.

Lo atormentaba el recuerdo de los últimos meses con su chica. No había sabido conjugar su ascenso en el colegio de arquitectos con su relación. En definitiva, se sentía culpable por haber permitido que su ritmo de trabajo los distanciara.

Con Elisa, había compartido siempre una complicidad y un amor tan profundo que la idea de no poder comunicarse con ella se le hacía insoportable. Esa era la intención de Alberto justo antes de traspasar la ventana, llegar pronto a casa, volver a compartir todo con ella, como siempre había sido, hacerle ver lo importante que era para él y revertir la situación. Sin embargo, no pudo llegar a hacerlo en persona.

Una tarde, conversando con su alado nuevo amigo, surgió el tema de las capacidades de Alberto en su anterior vida y se planteó la cuestión de a qué podía consagrar su nueva e infinita existencia. Y así, de la manera más trivial, y conocedor de sus nuevos talentos mágicos, el muchacho pensó que le gustaría dibujar y dar vida a las estrellas que iluminarían las noches cada vez más oscuras y contaminadas del otro lado.

El tiempo pasó, y no es difícil imaginar como el que fue un gran delineante en una vida anterior se convertiría en uno de los mejores dibujantes y colocador de estrellas entre los dos mundos.

Así, Alberto consiguió de alguna forma permanecer conectado con Elisa. Cada vez que trazaba y lanzaba al firmamento, siempre al punto del ocaso, una nueva estrella, sentía que la hacía para ella y, aunque los planos en los que vivirían muchos años serían opuestos, y ni la luz del sol y la luna disfrutaban a la vez, en más de una ocasión se produjo una extraña sinergia por la que, una nueva estrella, cargada de ternura, centelleaba recién colocada y una chica la admiraba sonriente recordando a su amado compañero, mientras la recorría un escalofrío como una caricia por la espalda que, redentora dejaba solo el recuerdo del más bello y sincero amor vivido.

13 diciembre 2020

El Laboratorio de sueños

 En 2018, como resultado de la los talleres de escritura creativa en la escuela literaria 'El laboratorio de sueños,' dirigidos por la autora, poeta y amiga Ada Menéndez, se publicó  el libro Sueños enredados de la mano de la Editorial  La fragua del Trovador. Así, los alumnos de la primera promoción de la escuela tuvimos la oportunidad de hacer públicos algunos de nuestros relatos breves, presentarlos, estar presentes en la fantástica Feria del libro de la capital aragonesa ese mismo año y participar en algunos programas de radio y televisión que hicieron realidad algunos de nuestros sueños.

Desde entonces, la escuela, Ada Menéndez, las publicaciones  y los grupos de alumnos no han dejado de crecer. Recientemente  El Laboratorio de Sueños ha vuelto ha ser galardonada con el sello RSA+ 2021 de Responsabilidad de Aragón lo que además de un orgullo es el resultado de el gran proyecto, así como el buen hacer de su directora.

Para mí, una de las tres "alumnas cero" de la escuela, y fiel defensora de todo lo que hace Ada Menéndez,  es un inmenso orgullo poder contar como uno de los pasos más importantes que he dado, literaria y personalmente hablando, mi paso por los talleres creativos. Además de renovar mis ganas de escribir aprendí mucho y lo pasé genial.

Os dejo el enlace de la escuela y de la publicación del primer libro que tan felices nos hico a muchos.

 /https://laboratorioescrituracreativa.com/2020/12/04/el-laboratorio-de-suenos-con-el-sello-rsa-2021/


 

12 diciembre 2020

Sobre mí

  "Teresa Gómez nació en Almería a principio de la década de los ochenta. Años cargados de cambios y curiosidad que parecen marcaron el carácter de la andaluza. Se licenció en Publicidad y Relaciones Públicas en Murcia y, tras trabajar varios años en distintas actividades comprendió que necesitaba un empleo estable que le dejase tiempo para dedicarse a lo que realmente ama, escribir y leer. Una vez conseguido el objetivo, ha vivido en Zaragoza donde retomó la escritura participando en talleres creativos y mandando algunos textos a concursos literarios. Se trasladó a Palma de Mallorca, donde ahora reside, buscando el sol. Afirma que no puede vivir lejos del mar. Se describe como inquieta y dice que la curiosidad es una de las características que mejor la definen. Sueña para escribir y mientras escribe sueña otras vidas". 

Texto extraído del libro 'Sueños enredados', publicado por la Editorial La Fragua del Trovador.

10 diciembre 2020

Martina y la lluvia

Desde la acera de enfrente se veía llover dentro del portal diecinueve.   

El agua corría por el rellano cayendo por el zaguán hasta la calle y atravesando el gran portón.  

La lluvia rebasaba ya el quicio de la puerta y resbalaba mojando los pies de la pequeña  Martina que inmóvil, veía escaparse el agua desde su casa donde un aplacado sol  iluminaba el día.  

No era la primera vez que la lluvia la recibía al llegar a casa, pero si la primera que la  niña se detenía a observar el fenómeno. Quieta como estaba, con una bolsa colgando del  
brazo bajo el marco de la puerta, escudriñó atenta los rincones del recibidor.  

Mientras el agua le mojaba el rostro se dio cuenta que la lluvia era fina y constante. Caía directamente desde el techo y el sonido que producía, primero contra la gran mesa de mármol y después sobre el suelo, conseguía mitigar el eco habitual de la destartalada  vivienda -media sonrisa se dibujó en su cara-.  

Martina vivía sola en esa gran casa, en una calle olvidada de cualquier ciudad. Tanto sus  días como sus noches se caracterizaban por un mismo sonido, el silencio. Un rotundo y  ensordecedor silencio que la despertaba por las mañanas y arrullaba por las noches.  
Permanecía también constante por las tardes y no enmudecía jamás.   

La monotonía de ese callado ruido era para la pequeña la más pesada de las cargas. La  lluvia sin embargo, aliviaba el tormento que le invadía, la nada.  

Lentamente entró y cerró tras de sí la puerta. Dejó la bolsa que llevaba sobre la mesa,  junto al pequeño jarrón lleno de flores frescas y subió lentamente las escaleras de  madera hacia el comedor. Contempló la habitación y los pocos muebles que lo abrigaban, tan solo un par de sillas y una antigua butaca, así como los rincones llenos de montones de muy distintas cosas. No estaban mojados. El agua caía sobre ellos como sobre el suelo pero sin embargo, no se calaban, el agua parecía resbalar.   

Martina extendió una mano y de inmediato comprendió que la lluvia solo la mojaba a ella.  

Se dirigió resuelta hacia una de las pilas de cosas apoyadas contra la pared y  
rebuscando, cogió un raído cuaderno verde. Quizás su pertenencia más querida y sin  embargo, abandonado en un rincón años atrás.   
Al ojearlo, después de mucho tiempo, se enfrento con su propia caligrafía y por segunda  vez en un mismo día, sonrió.   
 
Sin siquiera percibir sus propios movimientos se encontró sentada en el suelo, junto a la  ventana, releyendo historias fantásticas que ella misma había inventado.   

El sol entraba por el balcón, se cruzaba con la lluvia doméstica sobre el cuaderno y  dibujaba un tímido arcoíris sobre sus páginas.   

La pequeña, guiada por una sensación que la sacudía, tomó un lápiz y comenzó a  escribir y así, mientras se regocijaba, como hacemos todos cuando elevamos nuestros sueños otra vez, comenzó a secarse su agua y en el número diecinueve dejó de llover.