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31 diciembre 2022

Hora de la medicación

¿Te imaginas una sociedad en la que los sujetos estuvieran siempre anestesiados para soportar su propia existencia?

Supón que esas drogas, legales, las suministrara el Estado todas las mañanas en función del grado de dependencia o hastío del individuo en cuestión.

Ahora, hazte a la idea de que todo lo anterior es real y, si puedes, asúmelo.

 

Tú, como la mayoría, vives la vida a pelo, tal cual viene, con sus frustraciones, ansiedades y desengaños pero no todo el mundo lo hace así. Hay una parte muy numerosa de la sociedad que, incluso privada de libertad por la comisión de un delito y posterior dictamen de un juez, pasa los días narcotizada para no sentir el agónico paso de las horas ni el doliente peso de sus condenas. Yo desde hace unos días, soy una de ellas.

Para que os hagáis una idea, es algo así como cuando estas muy, pero que muy derrotado. Llegas a casa después del trabajo, abres una botella de vino y decides que esa noche te vas a relajar si o si. Bebes hasta que dejas de ser parte de tu propia vida, responsable de las consecuencias de tus decisiones y pasas a ocupar el indulgente papel de observador desde la alejada mirada de una tercera persona. El objetivo entre rejas es el mismo, solo que cuando lo haces en libertad no corre a cuenta dela administración.

Estar encerrado y rodeado de variados delincuentes, los malos que nadie quiere ver o cruzarse por la calle, ya te digo yo que ciertamente causa ansiedad pero ¿tiene algún sentido que te impongan una condena de privación de libertad y al mismo tiempo te proporcionen las drogas legales necesarias para no enterarte de lo que te está pasando? Desde el punto de vista de una servidora, ningún sentido aunque agradezco igualmente tan magnánima indulgencia.


                                                                                                        

19 septiembre 2022

Alegato por un ventilador de techo

Descripción del acusado: 
Un ventilador de techo blanco, de cinco aspas que cuelga en la sala de estar de la casa de  la  familia  Martínez.  Su  peculiaridad,  además  de  suministrar  aire  fresco,  es  la  de cambiar  la  atmosfera  del  lugar  que  ocupa  mediante  la  sinceridad.  Tiene  el  poder  dehacer  que  las  personas  situadas  bajo  el  aire  que  distribuye  expresen  lo  que realmente piensan.  Ahora  bien,  dependiendo  de  la  naturaleza  de  la  persona  en cuestión  que  se encuentre  bajo  el  influjo  del  aparato,  las  verdades  son  gentiles  y  su revelación  de consecuencias positivas o, en caso contrario, nefastas e irreparables.  
 
Alegato: 
Tome la palabra el representante de la defensa para su alegato final  – dijo el señor juez -. El abogado, contratado por Julia y su padre para defender su ventilador de techo, dio un paso al frente e hizo uso de la palabra:  
 
“Son muchas cosas las cosas que aquí se han dicho sobre el ventilador acusado. La  parte denunciante fundamenta su acusación sobre el hecho de que el aparato de la discordia se excede  en  su  función  natural,  mover  y  distribuir  el  aire  de  la  estancia  con  el  fin  de proporcionar  aire  más  fresco  a  la  familia,  durante  los  calurosos  días  de  verano.  No obstante, si bien es cierto que mi representado se afana más allá del movimiento para el que fue fabricado, y posteriormente adquirido, y en esto estoy en total acuerdo con la parte contraria, también lo es que su peculiar maña debe, como hacen la mitad de los integrantes de esta familia, considerarse una ventaja o incluso un privilegio. Además de,  no lo olviden, cumplir con su tarea.  
 
El  ventilador  del  que  hablamos,  que  no  se  encuentra  presente  por  estar  firmemente enclavado en el techo de la sala de la familia Martínez tiempo ha, tiene la capacidad de intervenir  en  pro  de  la  verdad,  logrando  que  las  personas  bajo  su  influjo  dejen  de expresarse con circunloquios, artimañas  y, en definitiva, de mentir a los demás  y a sí mismos.  
En suma, el acusado no solo refresca la sala sino que es capaz de cambiar el clima de los presentes, simplificando muy distintos tipos de situaciones, derivadas de la hipócrita  y enrevesada forma de proceder de los adultos.  
 
Por  tanto,  la  defensa  pide  la  completa  absolución  del  objeto  denunciado;  sea también denegada la petición de la acusación de desprenderlo del lugar donde se encuentra para que puedan  seguir  disfrutando,  todos  los  individuos  que  por  la  casa  de  la  familia Martínez transiten, del beneficio que supone actuar de forma sincera y coherente ya que,  quizas son los únicos que gozan de tal privigio.”

14 septiembre 2022

El ventilador entrometido


¡Vaya situación extraña la de esa tarde! Papá, estaba dispuesto a arrancar de un tirón el ventilador del techo del salón, con tal de dejar de escuchar las quejas de mamá; que si le daba miedo, que si era cosa del demonio, que nos traería muchos problemas, que si es una aberración de aparato…

¡Qué intransigente es siempre mi madre con todo! Las cosas tienen que ser exactamente como se espera que sean y punto. Nada ni nadie puede salirse de su cuadriculado esquema mental.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que observamos una atmósfera rara en la salita de estar y, desde luego, hasta hoy, nunca lo habíamos achacado al sencillo ventilador de techo. Lo primero que pensamos, el día que, estando reunidos con los vecinos en casa, uno de ellos cambió drásticamente su discurso, disparando verdades como puños a su esposa, sin filtro y sin parar, fue que al pobre se le había ido la cabeza, seguramente por estar sometido a demasiado estrés (pensamos). Era una tarde calurosa, los mayores tomaban café con el ventilador girando sobre sus cabezas a marchas forzadas mientras los niños, nos entreteníamos coloreando y haciendo las cosas que hacemos los niños cuando los mayores toman café. Ernesto, el vecino, abandonó durante la charla, y sin previo aviso ni motivación aparente, su habitual papel de calzonazos para decirle a Marta, su señora, todas aquellas cosas que jamás se había atrevido durante los quince años de matrimonio. Los presentes estupefactos (incluida una servidora que incluso dejé de hacer lo que estaba haciendo al notar el manifiesto cambio en el tono de voz). Todos sentimos enrarecerse de clima del salón. La vecina estaba lívida por la desfachatez y falta de compostura de su marido. La tarde terminó con la prematura marcha de nuestros invitados.

Como decía, no sé exactamente si esa fue la primera vez que ocurría algo así en esa estancia, pero ahora que hemos comprobado que es el ventilador el que altera los diálogos y la voluntad de los interlocutores, y echando la vista atrás, creo que el divorcio algunos meses después de Marta y Ernesto, podría ser en gran parte responsabilidad del electrodoméstico.


Papá comentó esta tarde, en pleno estallido dramático de mamá, que la imprevista declaración de amor de Juanma a mi hermana Eva, el pasado verano en esa misma sala, con todo lo torpe que es su ahora yerno - decía papá -, tuvo que ser también cosa del cambio de aire que proporciona el aparato y que, por tanto, no es tan malo.

Sin embargo, dejando a un lado la cantidad de situaciones en las que, sin saberlo nosotros, el impertinente dispositivo ha podido intervenir en nuestras vidas, lo más trascendental de todo esto lo resumiría en dos cosas. La primera, y más alucinante, es que tenemos en casa un ventilador mágico capaz de alterar la naturaleza de las personas, para bueno o para malo, pero siempre en favor de la verdad sin tapujos. Y segunda, he sido yo, una simple niña de once años la que, presenciando una discusión entre mis padres, por una nimiedad cotidiana, y tras volver a advertir un súbito cambio en el tono del diálogo de una conversación de mayores, he pensado que podía guardar relación con el ventilador y el hecho de que acabaran de subir su potencia. Así que, lo he desenchufado volviendo los dos en el acto a la normalidad. (Todo lo normales que pueden ser dos adultos que, después de mi hallazgo, se han pasado la tarde realizando experimentos encendiendo y apagando un aparato para confirmar que mi “ocurrencia” era acertada).


No deja de parecerme curiosa la manera en que la gente mayor vive sin percatarse de gran parte de las cosas que les rodea, ofuscados como están en controlarlo todo y dejar de hacerse preguntas. En fin, supongo que, a partir de ahora, en mi casa se valorará mucho si hace tanto calor como para arriesgarse a decir lo que se piensa.

 

 Relato extraído del libro 'Sueños enredados', publicado por la Editorial La Fragua del Trovador.

 https://www.lafraguadeltrovador.com/pagsecun/otraspublicaciones.htm

30 mayo 2022

Los setos también tienen flores


¿Te acuerdas cuando hacíamos collares con las flores blancas que recogíamos en el recreo? me preguntó cuando nos sentamos a hablar más de veinte años después de terminar el colegio.

¡Claro que me acuerdo! contesté eran florecitas pequeñas y con un hueco en el centro que aparecían en los setos como de un día para otro a finales de marzo o principios de abril, coincidiendo con el cambio de los malditos leotardos del uniforme a los insuficientemente largos calcetines verdes. Seguía haciendo frío por más largos que fuesen los días. Eran como el anuncio de que se acercaba el verano y faltaba poco para las vacaciones.

Sí, esas flores que por cierto, no es que tuvieran un agujero en el medio sino que era el resultado de arrancarlas, bonita me aleccionó Isa. Nos íbamos un viernes del colegio sin que existieran y el lunes al regresar habían llenado caprichosamente de blanco los insulsos setos. Como una recurrente sorpresa aunque el proceso se repitiera todos las primaveras. Pero claro, nosotras eramos niñas y la inocencia tiene eso, que te sorprende y te hace ser feliz con los más insignificantes acontecimientos.

Aún así ―seguí yo hay gente adulta que piensa y vive así. Es decir, solo buscan la belleza en los sitios comúnmente aceptados como hermosos y creen que entre lo oscuro, anodino o espinoso no hay nada significante que encontrar. Con las personas pasa lo mismo. Lo contrario que nosotras de pequeñas que descubríamos lo extraordinario entre los matorrales que delimitaban los patios del cole. ¡Bendita inocencia!

Incluso habiendo pasado dos décadas sin vernos, ahora con sendas copas de vino tinto delante, me sentí al tenerla frente a mi como en los años escolares. Con la misma complicidad y confianza de siempre que antes de hacernos mujeres adultas. ¡Cuán poderosas son las pequeñas flores que encontramos en las matas los primeros años de vida! ―pensé.

Una vez puestas al día sobre los temas más mundanos. Habíamos resumido media vida con la falta de importancia que da el paso del tiempo sobre acontecimientos que en su momento lo significaron todo. Así, supimos que ni ella había llegado a ser médico forense ni yo periodista aunque ambas teníamos un buen trabajo o al menos estable que nos permitía vivir de manera independiente. Ninguna teníamos pareja. Ambas habíamos tenido demasiados chascos amorosos y un día dejamos de darle importancia a ese aspecto de la vida. Sin embargo, coincidió que en los últimos meses, las dos nos habíamos vuelto a enamorar; sin ningún resultado pero con la misma ilusión.

Asimismo ocurre con el amor y solo he tardado cuarenta años en darme cuenta ―continuó Isa con su característico toque de ironía.

Con cada copa de vino la conversación fue haciéndose cada vez más profunda y a la vez más rara. De un tema saltábamos a otro y cada frase de la una o la otra daba pie a una nueva divagación que nos convertía por momentos en dos sabias filosofas o solo dos borrachas disfrutando en un bar, según quién juzgue la escena.

 

No puedo estar más de acuerdo contigo ―respondí― es decir, cuando eramos pequeñas nos atraía a todas él mismo chico, el guapo de la clase y no existía nadie más que pudiera eclipsar su atención. Sin embargo, al ir haciéndonos mayores nuestros gustos se fueron distanciando y cada una descubrió los suyos. Fuimos aprendiendo a percibir belleza y virtudes en personas que las demás no veían. Algo así como descubrir matices en los colores que otros ven planos. ―continué― Es lo mismo que ver solo un triste seto o, como hacíamos nosotras de niñas, recoger esas efímeras florecitas que enlazamos sobre la ramita flexible como hacemos con las pequeñas cualidades de las personas cuando nos enamoramos.



Bueno amiga, ¿qué pasó con el último seto de tu vida? ―me preguntó a bocajarro pero no sin anestesia. De anestesia íbamos bien servidas saboreando ya la tercera ronda de rojo suero de la verdad―.

Que no me creyó cuando le dije que amaba sus florecitas ―contesté―.

Con dos medias sonrisas y sin tener que dar más explicaciones, nuestros ojos se entendieron y entre el bullicio del bar se escuchó un sonoro ¡camarero otra ronda! Que dijimos al unísono ―carcajadas―.

01 abril 2022

EN LA HIGUERA


El 17 de Julio de 1936, la rebelión militar de Melilla, significó el comienzo de la Guerra Civil Española. Dos días después, en la que fue la última ciudad andaluza en rendirse a las tropas fascistas, las autoridades recibían la orden desde Madrid de repartir armas entre civiles y milicianos. Y, a pesar de que esa misma tarde la situación estaría  completamente controlada por los grupos republicanos, y que la insurrección golpista fracasaría en la capital almeriense, gracias a la falta de coordinación de las fuerzas conservadoras y la rápida reacción de las milicias populares; el profesor Don José  Giménez Hernández anunció al llegar a casa que se iban a vivir al pueblo esa misma noche.   

  Así, mientras Almería en los meses siguientes era objeto de la llegada masiva de refugiados que acrecentaban el problema no tanto de la escasez de alimentos que  flagelaba el país, sino de la circulación de dinero para poder adquirirlos, Don José acompañado de su familia, tomaba posesión como director en la escuela del pueblo que le vio nacer y que ahora sería su refugio. Al tratarse, desde el comienzo de la Segunda República, de una población capital de comarca y cabecera de partido judicial, era lugar  habitado por propietarios, letrados y jueces que como ocurría con los Giménez, era fácil adivinar con que bando simpatizaban, así no militaran abiertamente. La ostentación de unos se contraponía a la penuria de la mayoría de jornaleros y obreros de todas clases. Pero en el medio rural los recursos campesinos permitían ciertos márgenes de  subsistencia que, en tiempos de guerra, igualaban bastante la partida de supervivencia y el enemigo común no era tanto el hambre como cualquier vecino del bando contrario que entrara de noche a tu casa para causar una baja en las supuestas filas enemigas, estando las ejecuciones influenciadas o no, por motivos personales y venganzas entre vecinos.  

Conforme se iba reduciendo la zona republicana en España y progresaban los sublevados, la contienda se recrudeció y mientras las milicias detenían, desmantelaban  iglesias y atacaban todos aquellos núcleos de poder que estuvieran relacionados con la derrocada monarquía y los tradicionales grupos de derechas; los sublevados avanzaban también matando a sangre fría mientras sus bombas aliadas asolaban a la población.  

Un año después del traslado al pueblo, y tras ser la capital almeriense bombardeada por la armada alemana, Don José se encontraba marcado y perseguido, y se vio obligado a  desaparecer para evitar que lo ajusticiaran sin justicia alguna. La gran casa donde  vivían, que en otra época había albergado el cuartel de la Guardia Civil, le ofrecía  buenas oportunidades para esconderse, a saber: las solanas en la tercera planta entre  todo clase de trapos y cacharros; los pasillos interiores ocultos que comunicaban varias instancias de la casa o el inmenso huerto con que contaba la finca en la parte de atrás, que colindaba con la ribera del rio tan solo separado de éste por un muro de poco más de medio metro. Si bien al principio de su retiro escogió esas primeras zonas interiores de la casa, siendo su mujer o sus hijos los que le proveían de alimentos diariamente, conforme los asaltos e incursiones a las viviendas aumentaron, trasladó su escondite al huerto. 

En los primeros meses de su destierro aún se atrevía a entrar a la vivienda, agazapado en algunas horas menos peligrosas, solo de vez en cuando, para ver a su mujer y los niños pero en poco tiempo eso tampoco fue posible. Ser visto por cualquiera podía suponer la muerte en el acto, ya nadie sabía de quien se podía fiar, y la horrible muerte con cal viva de su cuñado era señal de advertencia más que suficiente del peligro que corría el  
pudiente director de la escuela de pueblo.  

El huerto estaba bien provisto de comestibles como para no pasar hambre en una larga temporada y, a pesar de que la guerra fue larga, ni Don José ni los demás proscritos que eventualmente saltaban el muro y lo utilizaban como escondite, tuvieron nunca necesidad alguna. La prudencia reinante del que huye le hacía al nuevo en llegar irse pronto ante el temor de que mucha gente en el mismo lugar los delatase. De entre todos  esos viajeros obligados y clandestinos, el que más tiempo se quedó en el huerto fue Antonio. José conocía bien al chico. Era el hijo de un jornalero honrado y trabajador del pueblo al que ir con compañías indeseables, a juzgar por el que empuñaba la pistola ese día, sentenció su destino. Así, su hijo, por consanguinidad en primer grado y diecisiete añitos, se vio en la necesidad de alcanzar la mayoría de edad con el bueno del maestro debajo de una higuera.  
 
Mientras España entera sufría los continuos bombardeos y llegaban cada vez más noticias de las derrotas de las fuerzas republicanas, José y Antonio pasaban los días de guerra en un vergel, aislados y ajenos a la actualidad y a los fusilamientos; entre árboles frutales y hortalizas que a escondidas se esmeraban en preservar.  
 
En Abril de 1939, cuando fantaseaban con la próxima cosecha de brevas en junio, el inusual alboroto de vecinos y vítores, así como la apertura del balcón de par en par que daba al huerto, después de más de dos años cerrado a cal y canto, los puso en tensión. Hasta que su mujer, Mercedes, no lo llamó a gritos anunciando el fin de la guerra no se atrevieron a moverse. Y así, desconcertados por tan inesperada noticia, salieron del huerto uno como vencedor y el otro como vencido, sin haberse enfrentado a mas lucha que a la competición de hacer acopio de la mayor cantidad de higos maduros zarandeando la higuera lo menos posible.  
 
Ya solo les quedaría por delante reconstruir lo devastado y aguantar cuarenta años de dictadura …

16 marzo 2022

EL CLIMAX FINAL

La muerte empezó anegándolos en el mismo instante  en que sus cuerpos, exhaustos y sudorosos, alcanzaban un intenso orgasmo.   


Fue la noche de San Juan y, buscando un poco de intimidad, Evgeny y Yana, se  escaparon a las proximidades del lago para dar rienda suelta a sus ardores. Era la  primera vez que llegaban tan lejos. También sería la última. 

Llevaban pocas semanas saliendo juntos, estudiaban en distintas facultades y, aunque ni  siquiera ellos auguraban un largo futuro a su relación, sus veintidós años apremiaban las ganas de poseerse el uno al otro. Así, aquella señalada velada en la que los jóvenes suelen reunirse en torno a una hoguera hasta el amanecer, ellos prefirieron tomar  prestado el coche del hermano de la chica y pasar a solas la noche más corta del año.  

Ya en las inmediaciones del lago Volograd, Yana aparcó el Smart y, tras unos tímidos besos y alguna nerviosa caricia, fueron al asiento trasero del coche. Ahí atrás, los gestos dejaron de ser cautos y, más guiados por las ganas que por el saber hacer, sus  movimientos empezaron a ser más que impetuosos.  

 

Tan enérgica era su danza, que ni cuenta se dieron cómo el coche se desplazaba al  compás de su sinfonía dirección al lago. Así, regodeándose en su propio placer, ajenos a  cualquier movimiento que no fuera suyo, y mientras su encuentro sexual se acercaba a  la culminación, el coche cayó dentro del lago.  

Del tiempo que tardó el agua mortal en anegar el vehículo nadie se atreve a dar cuenta  con fiabilidad. Si nos atenemos exclusivamente a los hechos objetivos, las autoridades  encontraron, en un coche sumergido y con prendas de ropa esparcida por doquier, a dos  jóvenes desnudos y abrazados en el asiento trasero, sin ningún tipo de señal de forcejeo.  

La prensa local, por su parte, tituló la noticia de la forma más llamativa posible: "Una pareja muere ahogada en el coche mientras practicaban sexo".


A los demás, que conocéis y habéis experimentado ese placer, os aliviará saber que la muerte los alcanzó en el preciso momento en el que el alma parece escaparse del cuerpo, las fuerzas te abandonan y yaces junto a otra persona sintiendo solo bienestar y placer en el clímax final.

27 febrero 2022

Publicación en Trabalibros


 https://trabalibros.com/textos-libres/i/30880/67/casa-rumiante?fbclid=IwAR13k5jb6D5FFf5dfeiNGEgm8bqXOTtcbmZRIhQ3_0JkGj0T-cocvyMIY6E

@trabalibros #relatos #textoslibres

 

25 octubre 2021

CASA RUMIANTE


 
Ilustración de Belén Gómez, 2021


¡Cuántos años esperando éste momento! Volver a abrir la puerta ha sido una gran liberación para mí. ¡Una no puede dejarse penetrar por cualquiera! Era solo cuestión de tiempo que Rodrigo lo consiguiera.

El joven no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre pero cuando la descubrió pensó que una puerta flotante en el segundo piso de la fachada era algo, como mínimo, original.

Que a nadie, en los más de cien años en que su abuela ahora fallecida, moró entre estas paredes se le hubiese ocurrido tapiar ese inútil hueco de la fachada, muy curioso comentó en voz alta. Sin embargo, que la puerta se abriese mágicamente dando acceso a un espacio diferente al esperado abismo frontal del muro le resultó asombroso.

Ya se había ido toda la familia a la península después del entierro y de los rápidos hurtos que todos, a excepción de Rodri, habían llevado a cabo. De las fantásticas cosas de la abuela, casi todas sin valor económico, había muchas que podían esconderse fácilmente en una bolsa de mano como un álbum de fotos, un candelabro o cualquier figurita proveniente de algún país exótico... No hay necesidad de discutir con los demás cuando es tan sencillo que te acompañe para siempre un recuerdo de la casa menorquina de la abuela, debieron pensar los chicos (permitanme que los siga llamando así, para mi siempre lo serán). Y, sin detenerse a dar una vuelta por las murallas de Ciudadela o asomarse a ninguno de los turquesas y verdes acantilados de Menorca, regresaron a sus respectivas vidas dejando atrás sus juveniles recuerdos estivales.

Al morir Norka dejaba para ellos de tener sentido visitar la isla y con el acuerdo, por mayoría simple, de poner la vivienda en venta lo antes posible se despidieron del penúltimo de los hermanos Garau y marcharon con la esperanza de que el paso del tiempo suavizara el cabreo de éste.


Los Garau

Los Garau son una familia mallorquina que, a excepción de dos de los siete hermanos que regresaron a residir a la isla de Palma, Elisa y Rodri, se estableció en Barcelona en los años setenta buscando un medio de vida menos estacional que el que propiciaba el boom turístico que acababa de producirse en las Islas Baleares. Atraídos por el constante crecimiento económico de la industria textil catalana, y cuando todavía la prole la formaban solo Fernando, el primogénito; Manu y la deseada Elisa, que viajó por primera vez en barco enganchada a la teta de su madre, se afincaron en la península.

Tras el fallecimiento de sus padres, hace ocho y cuatro años respectivamente, y la reciente pérdida de la matriarca de la familia, quedaban completamente desprovistos de ascendiente o familiar cercano alguno más allá de ellos mismos, los hermanos.

Si bien entre ellos no había existido hasta el momento de la muerte de la abuela Norka ninguna disputa suficientemente grave, la vida y las decisiones que van conformándola los fue separando, no solo física sino emocionalmente, hasta no conseguir reunirse todos en la misma sala desde hacía muchos años. Cada uno sumido en sus respectivas proles, parejas, trabajos, preocupaciones...Difícil conciliarlo todo para mantener unidas sus realidades.

No siempre fue así. Antes de que la adultez los fuera alcanzando, los siete hijos de los Garau eran una pandilla muy pareja en edad que invariablemente andaban juntos. Verlos llegar a Menorca era para la chiquillería de la pequeña isla un acontecimiento que anunciaba dos meses de caras nuevas y muchas aventuras por delante. La población menorquina se multiplicaba con la llegada de las vacaciones veraniegas, incluso en exceso a juzgar por las gentes que allí pasaban todo el año, y aunque siempre había nuevos visitantes y amigos que conocer, era el reencuentro con quienes iban creciendo juntos verano a verano lo que más entusiasmo ocasionaba entre los muchachos menorquines.

Todos los años en julio, la tropa embarcaba con la madre destino a la casa de la abuela paterna donde el padre se les unía al mes siguiente. Así, toda la familia pasaba el verano entre playas de arena blanca, vertiginosos acantilados y numerosas excursiones que, junto con la libertad de movimientos y el relajo horario del que gozaban, ningún otro viaje hubiera podido eclipsar.

Norka, la abuela, los recibía con la emoción propia de quién disfruta viendo llenarse su casa de ruidos, risas y deliciosos olores. Mucho trabajo que, encantada, acometía desde bien amanecía hasta que todos descansaban satisfechos en sus camas.

Del mayor al más joven: Fernando, Manu, Elisa, Sara, Óscar, Rodri y Dani; después del multitudinario entierro en Ciudadella, concentrados en torno a los grandes butacones de la sala principal, se dispusieron a resolver lo antes posible los asuntos pendientes que la muerte de la abuela obligaba a atender. Así, sin querer prestar mucha atención a los objetos ya convertidos en lejanos recuerdos de la niñez, ninguno pudo evitar sentir el frío que ahora irradiaba la estancia. Era como si en ella todo también hubiera muerto. Como si los antiquísimos tapices, robustos muebles, incluso el espléndido sol que traspasaba las ventanas hubiera dejado de abrigar las paredes y los cálidos recuerdos que habían pasado en ella. Sintieron escalofríos y sin embargo, ninguno de los Garau lo comentó. Se les notaba en la rígida postura. Los cuerpos son a menudo delatores de los sentimientos que soporta el alma.

El ojito derecho de la abuela paterna salió a despedir a sus hermanos con mas apatía que tristeza pero con el cariño inexcusable al que obliga la sangre.

Al quedarse solo frente a la fachada, que le parecía único significante de vivencias felices, fue cuando la vio por primera vez. Allí en el lateral, a la altura del segundo piso de la vivienda, se ubicaba una puerta que no tenía constancia de haber visto nunca pero cuya apariencia y marcas del paso del tiempo sugerían que llevaba ahí desde siempre.

Impulsado por las emociones de los últimos días, corrió hacia el interior de la casa. Descubrió la ubicación del lado opuesto de la abertura al vacío en el mismo salón donde unos instantes antes, junto a sus hermanos, sentía un frío helador. Al mover el piano que no recordaba haber visto tocar jamás a nadie, afortunadamente provisto de ruedas, y bajo el gran tapiz de colores apagados por los años encontró un ornamentado portón de madera que no tenía nada que ver con la versión anodina y metálica de la parte exterior.

Hizo girar muy despacio el picaporte convencido de que no se podría abrir pero se equivocó. La puerta cedió hacia fuera descubriendo un espacio amplio y acotado por cuatro paredes donde solo un elemento,desde el centro, regentaba el recinto.

Con los ojos muy abiertos, y mientras una extraordinaria sensación de calidez ascendía por su espalda, dio un paso al frente quedando sobre el bicolor suelo de mármol y bajo el cobijo de un fantástico cielo estrellado.


La abuela Norka

Mi querida Norka se fue tranquilita y sin hacer ruido. Sin dolores corporales importantes y sin haber sufrido ninguna enfermedad mencionable a lo largo de su longeva vida, el pasado jueves diecinueve de febrero del año de vuestro señor dos mil doce.

Se arropó en la cama y no volvió a ver amanecer. Entre remotos recuerdos, y sueños enredados con la realidad, abandonó este mundo satisfecha y agradecida por haber tenido tanta suerte. Claro está que todo siempre es mejorable, pero también pudo ser infinitamente peor. ¡Bien lo se yo que he visto pasar tantas cosas entre mis cuatro paredes!

Cuando el vecino trajo el pan a la mañana siguiente, al serle ya físicamente imposible responder a su llamada a mi última propietaria, lo dejé entrar. La encontró en la centenaria alcoba del fondo de la primera planta. Al contemplar su plácida sonrisa y mortuoria postura debió deducir que ya no iba a tener que venir nunca más. Una pena dejar de disfrutar del té calentito cargado de historias con que la señora lo obsequiaba a diario, debió pensar el chico, o al menos eso pensé yo.

«¡Deja de tirarme de las trenzas!» Le gritaba medio sollozando hace noventa y cuatro años al primer individuo de género masculino, en este caso su hermano, que abuso de su superioridad física sobre ella. Así, con solo nueve años, comenzó la pequeña Norka a aprender delante de mis narices, e imagínense de la época de la que les hablo, que los hombres además de mas fuerza física tienen un poder aún mayor sobre las féminas, el convencimiento popular de su total supremacía, y eso es más grave. Ellas poco podían hacer por esa época más allá de ver, oír y callar. Las exigencias primero del padre, mas tarde de los hermanos y después del esposo, se obedecían sin rechistar. Pero Norka tuvo mucha suerte. Se casó con un buen hombre, trabajador, calladito y silencioso que tuvo la amabilidad de morirse hace algo más de treinta años cuando ella estaba mentalmente ya divorciada de las costumbres de las señoras de su edad. No me malinterpreten, fue una mujer afortunada. El padre de sus hijos no la quería pero la respetaba, al menos en apariencia. Ambos se atendieron hasta que la repentina muerte del hombre de la casa la liberó de las tareas de esposa. La había oído muchas veces decir que daba mas trabajo de lo que valía el pobre...La verdad es que el señor Manuel aportaba poco mas que el sueldo en la familia, era casi como un mueble pero al que hay que alimentar y lavar la ropa. No fue una gran perdida para nadie. Fue a partir de ese momento cuando Norka pudo dedicarse, con menos cautela y mas empeño, a lo que los demás llamarían una perdida de tiempo si hubieran conocido sus costumbres y que, salvo por sus hijos y mi protección, es lo que hicieron su vida más plena de lo que le tocaba.

Nunca fue una mujer al uso, sus inquietudes excedían con creces los limites de la casa que sus padres le legaron y por supuesto del calor de los fogones, aunque cocinaba de maravilla. Recuerdo exactamente el momento en que construí su sitio favorito, un lugar donde pudiera ser feliz. Fue cuando los chicos salían ya de la penosa adolescencia y la lenta rutina diaria, sin novedad ni sorpresa alguna, aumentó su sensación de desidia empezando a convertir el oxigeno del aire en una espesa capa difícil de digerir. La sensación de asfixia se hizo casi palpable. Sentí miedo por ella. La había visto nacer, crecer, callarse por obligación, acariciar mis paredes paseando entre las habitaciones con las puntas de los dedos tantas veces…¿Cómo no iba a querer verla feliz? Era mi niña. La más especial de todos cuantos han pasado por aquí desde que su abuelo levantó mis tabiques, ladrillo a ladrillo con sus propias manos. Siempre fue una persona inquieta pero con el paso de los años la sensación de perdida de tiempo empezó a convertirse en lo que ahora los jóvenes llaman ansiedad. Las tareas ordinarias en las que se afanaban día tras día las demás madres y esposas para ella eran mecánicas e insustanciales y, aunque nunca lo exteriorizó, odiaba el papel que desempeñaba por insulso. Había tantas preguntas que resolver, tanto que conocer y experimentar, solía pensar antes de dedicarse en alguna de las más engorrosas faenas que su familia alababa tanto como por ejemplo, la elaboración de deliciosas mermeladas caseras cuya elaboración llevaba las suficientes horas como para estar ocupada todo un día. Ojalá hubiera sido creyente para encontrar resignación y respuestas a todas las preguntas encomendándose a una fe ciega que por mucho que se esforzó nunca consiguió interiorizar.

Así que, como las apariencias las tenía más que controladas, le abrí una puerta a la esperanza en forma de habitación donde pudiera ser ella misma y olvidarse de todos los demás. En la sala puse solo un mueble, la mecedora de madera y piel en tonos caoba en la que de pequeños acunaba a sus hijos. El balanceo de la butaca tenia un ritmo hipnotizante en su ánimo y me pareció adecuada para que meciese primero sus pensamientos y más tarde expiara sus culpas entre un cielo estrellado por techo y el tablero de ajedrez que le dibujé en el suelo. Yo cree el espacio. La magia la puso ella.

Hasta su muerte solo Norka había estado allí. Cuando sentí en su nieto Rodrigo las mismas inquietudes que tan bien reconocía y supe que era él quien merecía conocer a su abuela, volví a abrir la puerta solo visible para quien es capaz de ver.

 

Espacio abierto

Lo primero que vio al sentarse en el butacón de la abuela fue un cielo nocturno que, a pesar de ser todavía de día en la calle, le custodiaba desde lo que debía de haber sido un techo. Lo siguiente, ni estaba físicamente en la habitación, ni hubiera podido llegar a imaginarlo jamás.

Al empezar a balancearse rítmicamente, como hacia siempre Norka, empezaron a sucederse ante sus ojos, como si de una película se tratase, varias escenas. Completamente atónito vio a la abuela salir de la habitación que compartía con el abuelo Manuel. Llevaba un almohadón colgando de una esquina de éste. Salia tranquila hacia el pasillo y cerró la puerta tras de si dejando a su marido sobre su lecho mortal. Acto seguido, otra imagen. Lo vio a él, al abuelo en la cama de la que siempre habían llamado la tita Antonia, la vecina de la casa más cercana. Concretamente, reposaba sobre los pechos de ésta satisfecho, extenuado y algo mas joven que en la escena anterior.

El siguiente acto que se proyectó ante él, lo protagonizaba otra vez la abuela. Esta vez en la entrada del cementerio de Menorca mientras se despedía, con un beso en los labios, de un hombre desconocido para él mientras un sereno llanto recorría el rostro de ambos.

Saltó de la butaca como un resorte volviendo a ver con sus propios ojos. Huyo de la habitación trastabillando y cerró como si temiese que los relatos que acababa de presenciar escapasen tras él. Mientras caminaba sin rumbo por el salón, dirigía la mirada hacia atrás repetidas veces donde los ojos se topaban una y otra vez con el tapiz verdoso que cubría la entrada al espacio que no lograba comprender. No daba crédito a lo vivido pero tampoco podía obviarlo. Lo que acababa de ver le parecía tan real como el sonido del reloj que estaba escuchando y cuyas agujas marcaban la misma hora que hace lo que le parecía una eternidad, cuando descubrió cosas que solo sus protagonistas conocían hasta ese momento. Puestos a creer en lo increíble, no es descabellado que en un espacio inexistente tampoco exista el tiempo, pensó.

Terminó por volver a entrar. No dudé ni un momento que lo haría.

De esta manera, le mostré al nieto favorito de Norka los momentos mas significativos de la vida de ésta y que ningún hijo o nieto hubieran imaginado de ningún modo. La otra vida de la abuela o al menos la menos pública. Tampoco nadie había indagado sobre ella jamás.

Rodrigo alargó su estancia en Menorca y pasó gran parte de los dos días siguientes encajando las piezas de una vida cercana y ajena; llena de narraciones a través de los propios ojos y recuerdos de ésta. Historias que ella recreaba una y otra vez apartada en su retiro secreto y donde, siempre reflexiva, imaginaba qué hubiera pasado si...o que hubiera hecho si cual…

Así, descubrió que la cariñosa y juiciosa Norka había tenido siempre un gran amor; éste no pasó nunca al plano físico pero su solidez la acompañó hasta el día de su muerte y cuyas miradas decidieron dejar de cruzarse en la entrada del cementerio local el día que sepultaron a su marido. Le costó trabajo interpretar la causa por la que decidieron dejar de verse justo cuando ya hubieran podido relacionarse abiertamente. Sin embargo, con el paso de los días y cuanto más profundamente iba conociendo los pensamientos de su abuela; esa señora que repartía a escondidas trozos de pan con chocolate después del reglamentario bocadillo de jamón de la merienda estival, supo que quien esconde un secreto con sus nietos a plena luz durante años es muy capaz de guardar muchos más. El señor canoso, de ojos grandes almendrados y quizás algo desaliñado, que presidia la mayor parte de sus pensamientos era buena prueba de ello. Lo amó siempre con una admiración casi devocionaria y nunca necesitó nada mas allá de la certeza de su existencia.

Vio también, como si hubiera estado presente, que fue Norka la que ayudó a morir al abuelo Manuel por exigencia de él mismo, que no estaba dispuesto a sufrir meses de padecimiento ante un claro diagnóstico de muerte inminente por una enfermedad degenerativa. La versión oficial, la familiar, siempre fue un infarto mientras dormía que no había motivos para poner en duda. Tampoco en ésta cuestión la familia indagó nunca.

De las constantes escarceos de don Manuel con la vecina, Rodri solo pudo dar por sentado que su abuela estaba mas que enterada y que no le importaban ni lo mas mínimo. Él tampoco le dio mayor importancia. Ya era lo suficientemente mayor para saber que las pasiones carnales rara vez se dan en la misma cama donde se tratan las rutinas diarias.

No conocía a su abuela en absoluto, concluyó acertadamente el joven. Y, mientras paseaba tranquilamente por los rincones y acantilados de los recuerdos de sus veranos en la isla, su razonamiento se fue extendiendo a sus hermanos. Hermanos que eran ya su única familia y cuya mayoría había decidido venderme lo antes posible.

De repente le empezó ha parecer angustioso pensar en otra gente recorriendo las habitaciones de la casa familiar, imaginar a desconocidos descubriendo también los secretos y anhelos de Norka desde su propia butaca eso no iba a pasar, claro, pero él no podía saberlo―, que fueran otros los que disfrutaran de la paz, olores y los verdes y azules tonos que durante estos días había vuelto a sentir como años atrás. Quedarse definitivamente sin un sitio íntimo al que volver. ¡Ni de coña! ―dijo en voz alta sin darse cuenta.

Sentado con los pies colganderos en el puerto de Ciudadella se decidió a llamar a la única de sus hermanos que también había votado en contra de la venta, Elisa, la tercera de los Garau. ―¡Maldita sea! Nunca hay cobertura en esta maldita isla― exclamó cabreado mientras se levantaba dispuesto a volver a casa para poder llamar tranquilo.


Un cambio lo cambia todo

Tres timbrazos al otro lado de la línea y Elisa contestó.

―¡Hola feo! Desde luego siempre has tenido el don de la oportunidad…

―¿Te pillo mal? Si quieres te llamo mas tarde.

―Hombre, ya que me has cortado el rollo da igual…

Hermana, hay situaciones en las que no se debe contestar al teléfono Se escucharon risas a ambos lados del teléfono.

―Bueno, ya que me has fastidiado el tema, ¿qué te cuentas? ¿Alguna novedad?

Sigo en casa de la abuela, en Menorca.

(Silencio)

¿Estás aprovechando para tomarte unas vacaciones?preguntó Elisa.

Algo así...Niña, no quiero vender la casa― dijo.

―Ya― contestó Elisa ― pero los demás lo tienen muy claro.

¡Es que me da exactamente igual lo que quieran los demás! ¡Creo que hay cosas que no se pueden decidir por una mayoría simple y punto! Con que uno solo de los siete no estemos de acuerdo no se puede vender. ¡Ya está bien de hacer siempre lo que los estirados de tus hermanos digan!― dijo subiendo la voz.

―También son tus hermanos― contestó ella con una risita forzada en un intento de quitarle hierro al asunto y continuo indagando ―Rodri ¿ha pasado algo estos días que te haya hecho estar tan seguro de tu decisión de repente? Lo pregunto porque cuando nos reunimos todos votaste en contra de la venta, como yo, pero no dijiste nada después de la votación y parecías conforme.

Dudó mucho si contarle a su hermana lo vivido, los secretos descubiertos durante los días pasados pero entonces recordó una frase del abuelo Manuel: «Si no quieres que algo se sepa, no lo cuentes» y finalmente se lo guardó.


Mira Elisa, ya me he dado cuenta de que cada uno va a lo suyo y es lo normal, no lo critico, pero es en ésta casa donde siempre me sentí más unido a la familia. Creo que es la única que he considerado un hogar. Aquí hemos sido muy felices y ya solo eso me parece motivo más que suficiente para conservarla; ― siguió hablando sin parar ―tus hermanos, incluido yo, estamos siempre quejándonos de que en éstos tiempos es casi imposible tener nada propio, la mitad estáis hipotecados hasta los ochenta años y los demás, como Sara, Óscar y yo, llorando siempre por las esquinas porque los alquileres nos sangran más de la mitad de lo que ganamos. ¿Y ahora, me vas a decir que es una locura que nos quedemos con una casa maravillosa a la que poder escaparse, que sea punto de encuentro, y garantizar también que nuestros sobrinos e hijos hereden algo digno de no rechazar, algo que no sean deudas?― hablaba como una metralleta, casi sin pararse a respirar, sin pausas.

Elisa, que estaba de acuerdo en todo con él, decidió dejarlo desahogarse. No era muy habitual escuchar a su hermano expresarse con tanta determinación sino más bien que intentara evitar cualquier enfrentamiento o situación incómoda. ― Lo dejó continuar hasta que remató el discurso con un insólito: «¡esta vez, no pienso dar mi brazo a torcer!». Tomó aire y aguardó en silencio la reacción de la mayor de sus hermanas.

Tras una breve pausa, Elisa retomó la palabra.

―Vale niño, está claro. Si tú te niegas la casa no se vende. ¿Cómo quieres lanzar la patata caliente? Porque creo que tus hermanos van a mandar para allá al perito más pronto que tarde. Están deseando vender.

No sé hermana― dijo casi en un suspiro ―Fer y Óscar se van a cabrear. Supongo que reaccionarán mal y es posible que me avasallen con términos jurídicos que no podré rebatir porque no tengo ni la más remota idea del tema.

Estoy contigo en ésto y te voy a apoyar hasta el final pero te advierto que se va a liar parda. Dejame hacer algunas llamadas a los demás para tantear el terreno y empezar a preparar el campo de batalla.

―Gracias Elisa.

―Por cierto ― siguió ella ―¿Hasta cuando tienes previsto quedarte en Menorca?

No lo sé, ― contestó ―de momento hasta que se resuelva ésto. ¡Estoy dispuesto a encadenarme a la casa si fuera necesario!― Él también cambió el tono y terminó por reírse.

Ok, cuando sepa algo te digo cosas. Ve comprando las cadenas por si...

―Te quiero hermanita.

―Y yo a ti peque.

Ambos colgaron el teléfono comprobando antes la duración de la llamada. Extrañas costumbres humanas…

A Rodri le quedó una efímera sensación de triunfo tras haberse plantado al fin sin importarle las consecuencias, tras lo cual, decidió concederse unos momentos bajo el estrellado cielo que durante tanto tiempo alumbró a su, cada vez más, amada Norka.

Pasaron un par de días hasta que los chicos volvieron a ponerse en contacto. En ese tiempo reforcé la decisión de mi fiel defensor haciéndole ver esta vez sus propios recuerdos con la familia. Momentos borrados por la edad adulta que en su momento tanto significaron para él y sus hermanos. Así, la ansiedad por la pérdida de la casa dejo paso a la esperanza de saberse haciendo lo correcto y sobre todo lo que deseaba.

La reacción del resto de los hermanos Garau fue la esperada. Se produjeron largas discusiones que empezaron, como siempre ocurre en estos casos, en un tono amable y terminaron a gritos la mayoría de las veces sin llegar a posición intermedia alguna. ¡Una pena escuchar pelear así a los chicos!

Rodri, cada vez mas inquieto con las sucesivas conversaciones, se dedicó a deambular por pasillos y cuartos como si esperase encontrar una solución susurrada desde las propias paredes. Recorría cada rincón, desde las destartaladas y polvorientas solanas de la tercera planta hasta las habitaciones colindantes al patio trasero que daban paso al huerto oculto bajo densos parrales. Se sentó durante horas, como hacia de niño, en las frías escaleras de mármol entre la planta baja y el primer piso; si de pequeño se dedicaba a soñar despierto, esta vez revivió algunos sueños pasados que en los últimos veinte años lo habían acompañado en las noches y que hasta ese mismo momento no se habían dejado recordar. Es curiosa la memoria,― pensó ― puede pasar décadas en silencio para de repente bramar con fuerza la importancia de algo en la vida de uno.

Fue durante uno de estos registros, mientras picaba algo en la despensa de la cocina, cuando se le ocurrió ponerse en contacto él mismo con un perito de la zona. Como vivienda era ya muy antigua y, consciente de que en los últimos tiempos no se me había hecho mejora alguna, puso todas sus esperanzas en que fuese el mismo desgaste y sus costes materiales los que resolvieran el problema e hiciera a sus hermanos replantearse la venta.

De sus pesquisas obtuvo buenas y a la vez muy malas noticias. Efectivamente me encontraba más deteriorada de lo que a simple vista se podía apreciar. Mi tejado, ya apuntalado hace algunos años en algunas zonas, amenazada con sucumbir mas pronto que tarde y la tasación fue muy baja frente a lo que esperaba la familia.

Así, mientras los demás se hacían a la idea del escaso beneficio económico que les podía reportar y se debatían entre hacerme algunas mejoras para incentivar mi valor, Rodri tomó la iniciativa, por motivos bien distintos, y contrató los servicios de un albañil vecino que prometió ajustar al máximo el presupuesto y hacerme un lavado de cara para que no terminará por perderse una casa por la que su anciano abuelo conservaba un vivo cariño.

Las obras comenzaron a mediados del mes de abril y me dispuse a dejarme hacer.


Entre escombros

Las tinieblas reivindicaran su espacio,

la tempestad lo destruirá todo.


Solo hizo falta que el joven albañil de ojos almendrados retirase una de las vigas que apuntalaban la despensa para que me derrumbara. El peso del techo hizo ceder mis primeras paredes y éstas arrastraron todo lo demás. No quedó nada en pie.

Tras el estruendo solo quedó de mí un montón de escombros. Sobre la pila de ruinas sobresalía una puerta de madera maciza que nadie, salvo Rodri, recordaba haber visto nunca. El cadáver de mi cooperador necesario para la destrucción se encontró rodeado de losas blancas y negras que nunca existieron. La víctima resulto ser nieto del verdadero y misterioso amor de mi dueña. Los secretos de Norka lo seguirán siendo para siempre. Hasta aquí mi doméstica historia.


                                                                            Fin.