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14 septiembre 2022

El ventilador entrometido


¡Vaya situación extraña la de esa tarde! Papá, estaba dispuesto a arrancar de un tirón el ventilador del techo del salón, con tal de dejar de escuchar las quejas de mamá; que si le daba miedo, que si era cosa del demonio, que nos traería muchos problemas, que si es una aberración de aparato…

¡Qué intransigente es siempre mi madre con todo! Las cosas tienen que ser exactamente como se espera que sean y punto. Nada ni nadie puede salirse de su cuadriculado esquema mental.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que observamos una atmósfera rara en la salita de estar y, desde luego, hasta hoy, nunca lo habíamos achacado al sencillo ventilador de techo. Lo primero que pensamos, el día que, estando reunidos con los vecinos en casa, uno de ellos cambió drásticamente su discurso, disparando verdades como puños a su esposa, sin filtro y sin parar, fue que al pobre se le había ido la cabeza, seguramente por estar sometido a demasiado estrés (pensamos). Era una tarde calurosa, los mayores tomaban café con el ventilador girando sobre sus cabezas a marchas forzadas mientras los niños, nos entreteníamos coloreando y haciendo las cosas que hacemos los niños cuando los mayores toman café. Ernesto, el vecino, abandonó durante la charla, y sin previo aviso ni motivación aparente, su habitual papel de calzonazos para decirle a Marta, su señora, todas aquellas cosas que jamás se había atrevido durante los quince años de matrimonio. Los presentes estupefactos (incluida una servidora que incluso dejé de hacer lo que estaba haciendo al notar el manifiesto cambio en el tono de voz). Todos sentimos enrarecerse de clima del salón. La vecina estaba lívida por la desfachatez y falta de compostura de su marido. La tarde terminó con la prematura marcha de nuestros invitados.

Como decía, no sé exactamente si esa fue la primera vez que ocurría algo así en esa estancia, pero ahora que hemos comprobado que es el ventilador el que altera los diálogos y la voluntad de los interlocutores, y echando la vista atrás, creo que el divorcio algunos meses después de Marta y Ernesto, podría ser en gran parte responsabilidad del electrodoméstico.


Papá comentó esta tarde, en pleno estallido dramático de mamá, que la imprevista declaración de amor de Juanma a mi hermana Eva, el pasado verano en esa misma sala, con todo lo torpe que es su ahora yerno - decía papá -, tuvo que ser también cosa del cambio de aire que proporciona el aparato y que, por tanto, no es tan malo.

Sin embargo, dejando a un lado la cantidad de situaciones en las que, sin saberlo nosotros, el impertinente dispositivo ha podido intervenir en nuestras vidas, lo más trascendental de todo esto lo resumiría en dos cosas. La primera, y más alucinante, es que tenemos en casa un ventilador mágico capaz de alterar la naturaleza de las personas, para bueno o para malo, pero siempre en favor de la verdad sin tapujos. Y segunda, he sido yo, una simple niña de once años la que, presenciando una discusión entre mis padres, por una nimiedad cotidiana, y tras volver a advertir un súbito cambio en el tono del diálogo de una conversación de mayores, he pensado que podía guardar relación con el ventilador y el hecho de que acabaran de subir su potencia. Así que, lo he desenchufado volviendo los dos en el acto a la normalidad. (Todo lo normales que pueden ser dos adultos que, después de mi hallazgo, se han pasado la tarde realizando experimentos encendiendo y apagando un aparato para confirmar que mi “ocurrencia” era acertada).


No deja de parecerme curiosa la manera en que la gente mayor vive sin percatarse de gran parte de las cosas que les rodea, ofuscados como están en controlarlo todo y dejar de hacerse preguntas. En fin, supongo que, a partir de ahora, en mi casa se valorará mucho si hace tanto calor como para arriesgarse a decir lo que se piensa.

 

 Relato extraído del libro 'Sueños enredados', publicado por la Editorial La Fragua del Trovador.

 https://www.lafraguadeltrovador.com/pagsecun/otraspublicaciones.htm

23 abril 2021

Al son de las cerezas

_No es fácil vivir en Cuba… ¡A dos con noventa y nueve está el kilo de cerezas en el puestico del barrio! Si la cosa sigue así, el niño tendrá que dedicarse a otra cosa o hacerlas con otra fruta - le decía irritado Orlando a Marian mientras inventaba la forma de que los veinte euros de sueldo cubano les alcanzara para comer, poder darle una ayudita a Dayron y pagar los gastos de la casa que no sufragaba el estado-.

_Además Marian, esa maldita fruta, importada y carísima, no te hace ningún bien -apuntillaba el negrón- Tiene demasiado azúcar para quien sufre diabetes. ¡No deberías pasar ni por donde las venden! Si el muchacho no fuera tan derrochador, si guardara algo de lo que gana meneando el culo para los turistas en el Tropicana, o si dejara de regalarles las que hace a las yumas, podría comprarse unas maracas como dios manda para el show, y nosotros dejar de comer cerezas y guardar huesos. ¡Que les regale papayas para irse con ellas, pinga!

No es fácil vivir en Cuba, pero puede ser un poquito más sencillo si eres un mulato de metro noventa y cuatro de estatura, con veintiún años, y sabes más sobre cómo buscarte la vida que cualquier europeo de cuarenta.

Dayron, comenzó a trabajar como bailarín de relleno en el más célebre cabaret caribeño por casualidad y por cansón. Con tal de no escucharlo más, Mikel, un amigo de la familia, le echó una manita para que cubriese los huecos del ballet cuando hacía falta. Llegar a bailar en el escenario del Tropicana no era sencillo, había que tener mucho talento y bastante trayectoria profesional. En su defecto, el mulato, tenía incontable poca vergüenza, mucha labia y la capacidad de encandilar a cualquier mujer, independientemente de la edad de ésta o el idioma en el que se expresara, con solo una sonrisita y unas maracas caseras. ¿Habrá algo más especial y conmovedor que un regalito hecho con las propias manos? Dayron sabía que no.


Así, bailando al fondo del espectáculo caribeño, donde solo hacia bulto, y ni se veían sus pasos, ni se oía el son que producían los huesos de cereza contra la cascara de coco de sus maracas, el muchacho pasaba seis noches a la semana.

Los noventa minutos que duraba el espectáculo eran para él preámbulo obligatorio antes de empezar el verdadero trabajo. ¡Más le valía con el ruinoso sueldo que le pagaban!

Estar en nómina en la Habana no alcanzaba para nada, sin embargo, todo lo que permitiera alternar con los turistas era un filón. Si se sabía hacer, lo mínimo que podía sacar una noche era compartir unos tragos de ron con unas turistas lindas, una agradable velada, y amanecer en la cama de algún buen hotel de la Habana de donde se iría desayunado y posiblemente con algún regalito en metálico.

Pero vivir en Cuba no es fácil, y nadie elige de quien se enamora. Una tarde, mientras ultimaba otro par de maracas para regalar al finalizar la actuación, conoció a Pedro. Tenía su misma edad y el parecido físico de ambos era asombroso. Éste, había trabajado también de modelo anteriormente, y tenía para contar muchas historias y experiencias que a Dayron le parecían muy interesantes. En seguida se hicieron inseparables. Los hermanos del Tropicana los llamaban. Se intercambiaban la ropa y lo compartían prácticamente todo. No había mesa de turistas, bonitas o feas, que se resistiera al tándem. Todas querían compartir tragos, bailes y risas con ellos, y la competencia era feroz para conseguir ser la elegida, e irse al hotel acompañada por alguno de los dos adonis.

Las semanas parecían una continua fiesta, y las ganancias y los regalitos se les multiplicaban. Pedro era un seductor profesional, se las sabía todas y Dayron aprendió las que aún no se sabía. Pero no todo fue parranda. El, hasta entonces, sencillo mulato, que vacilaba a las chicas al son de los huesos de las cerezas de sus maracas, también sucumbió a la gracia y los encantos de Pedro. Cada vez ponía menos interés en sus propias conquistas, y retrasaba el momento de irse con ellas para pasar más tiempo con su compañero de correrías. Empezó a comprender lo que le ocurría la primera vez que sintió una punzada en el estómago al verlo irse con la extranjera de turno. Esa noche lo odió.

Vivir en Cuba no es fácil. Y, aunque es una isla maravillosa llena de música y pequeños placeres, el tiempo allí trascurre de distinta manera a como lo hace en los demás relojes del mundo. Al calendario de la Habana se le cayó la última hoja en los años cincuenta del siglo pasado, para lo bueno y para lo malo; y para Dayron, sin más valor ni habilidad que la maña para hacer y tocar maracas caseras, y moverse a ese son, fue imposible hacer frente a sus sentimientos.

Así pues, por si no fuera ya bastante complicado vivir en Cuba, y aunque el muchacho conseguiría hacer carrera en el mejor cabaret de la isla pasando las noches con las muchachas más lindas, todas las mañanas su primer pensamiento sería para el otro de los llamados “hermanos del Tropicana”. Lo quiso siempre en silencio sin que nadie sospechara nada, y su condena, por vivir de los anhelos de las turistas, fue no saber nunca lo que se siente al amar abierta y sinceramente, ni llegar a ser amado.

 Relato extraído del libro 'Sueños enredados', publicado por la Editorial La Fragua del Trovador.

 https://www.lafraguadeltrovador.com/pagsecun/otraspublicaciones.htm

20 enero 2021

El ardor de la viuda

 > Relato erótico

 Viuda desde muy joven, con una nieta a su cuidado y viviendo en una comarca tan pequeña, pensó que nunca la volverían a amar. Pero en todas las villas existe un galán y en la pedanía donde vivía Helena lo conocían como Felipe. 

La zona estaba habitada por menos gente que los alumnos matriculados en cualquier colegio de ciudad. Si bien, la población crecía en épocas estivales, durante los meses de invierno eran tan pocos los que transitaban por las calles que era imposible salir y no saludar. Todos se conocían.

Helena, recién cumplida la veintena, se vio obligada a compaginar las trabajosas labores del hogar con el oficio de costurera por encargo. Durante algo más de una década se sintió transitar entre una pérdida y otra; primero la de su esposo, un accidente mientras trabajaba en la tala de árboles, apenas varios años después de casarse; y, más adelante, la de su única hija que, aunque no se la llevó la muerte, sí desapareció con los mismos efectos, desentendiéndose de su prematuro bebé y de su respectiva madre. Ésta dejó atrás a su única familia junto al eco del sombrío bosque que rodeaba el pueblo. Poco más mencionable había en el lugar. En cualquier caso, nada que impidiese a la despreocupada chica marcharse, sin volver a mirar hacia la monótona espesura que dejaba a sus espaldas.

Así las cosas, la joven abuela de la casita de ladrillos colorados fue recibiendo los garrotazos de la vida con la fuerza y lozanía que la necesidad de seguir comiendo otorga a la voluntad, sin detenerse nunca mucho en el duelo por las ausencias. Sin embargo, las sucesivas desgracias que integraron el guion de su vida marcaron su bellísimo rostro antes de tiempo. Las arrugas surcaban su perfil y ella las recalcaba con el negro de un luto que no abandonó jamás. En oposición a su atuendo, desde la marcha de su hija, insistía en ataviar a la nieta con las ropas de colores más vivos que ella misma confeccionaba y, ya desde la adolescencia, con una gruesa capa roja con capucha, que acabaría por rebautizar a la niña en honor a la inusual prenda.

Crio a la conocida como Caperucita roja con la misma energía que a su propia hija, pero con más experiencia y menos pesares. Para cuando nieta y abuela se repartían las faenas, la viuda ya compartía cama y pecados con el insaciable galán que provocaba las calenturas de todas las mozas del pueblo y sofocaba tanto las de éstas, como los ardores más exigentes y maduros de Helena. 


A Felipe no se le sabía oficio conocido, aparte de andar todo el día de casa en casa con alguna parada a medio camino en el bosque. Mancillaba cuanto honor encontraba a su paso, no topando jamás con resistencia alguna a sus bajos impulsos, tan solo algún fingido lamento que escapaba de la boca de una acalorada doncella, más por decoro que por ganas, en forma de susurro. Cuando cesaban las arremetidas que magullaban la espalda de la doncella contra el árbol, el feroz Felipe se desentendía de su cuerpo, sin contemplación ni cariño, devolviendo sus faldas a la posición correcta.

Sin embargo, los encuentros con Helena siempre fueron distintos, más amables y menos automáticos. Era tal el calor que la viuda, toda la vida empeñada en el trabajo, albergaba en su interior —sin haberle dado salida— que hasta el enérgico joven tenía que afanarse cuando de saciarla se trataba. Eran visitas programadas, siempre por ella, orquestando todo lo demás para garantizarse un par de horas a solas. Así, mandando a Caperucita al mercado o algún otro cometido lejos de la casa, se procuraba un espacio en el que poder sofocar sus calores con Felipe. 

Si en el pueblo alguien lo sabía, nunca nadie lo comentó, como tampoco mencionaron las correrías con las otras chicas. Seguramente por el miedo a que, al exponer tan indecorosa actitud, la vergüenza obligara a más de una familia a repudiar a sus hijas al reconocer su comportamiento. Preferían, pues, no mencionar nada al respecto.

Fueron muchas las cosechas durante las cuales la lozana abuelita y el chico revolvieron las sábanas de la cama de la casita roja. Felipe, que tenía en la viuda a su más completa amante, no parecía reparar en los signos que el paso de los años dejaba en ella. 

Así fue hasta que un día, de vuelta a casa, se topó a lo lejos con la capa carmesí de Caperucita. A escondidas, al abrigo de la complicidad que le procuraban los árboles del bosque, reparó en su figura. Sin darse cuenta, mientras seguía con la mirada cada nueva redondez del cuerpo de la chiquilla, su fatigado cuerpo —después de una concienzuda mañana de sexo— respondió a lo que veía con una inusitada energía como si nunca, y menos aún minutos antes, se hubiera derramado dentro del cuerpo de una mujer. Tan sorprendido como excitado, y sin apartar los ojos de la chica que buscaba níscalos en la zona más húmeda del boscaje, con brío y casi con violencia, se alivió en silencio sin que Caperucita reparara en él.

La indecente escena se repitió cada vez con más frecuencia. La chica, cuyos cabellos escapaban desafiantes por los bordes de una capucha roja, parecía ser inmune a los encantos del galán. Ensimismada como andaba siempre en fantasías y ensoñaciones durante sus paseos por el monte y, por muchas veces que éste procuró hacerse el encontradizo con ella, no parecía prestarle la más mínima atención, más allá del saludo y los breves diálogos que rigen las normas de la cortesía. Mientras tanto, el deseo del joven por ella iba en aumento hasta el punto de convertirse en el único cuerpo en el que focalizaba todas sus pretensiones. 

Siguió acudiendo durante un tiempo a las citas con la fogosa abuelita, más por aplacar sus ansias que por verdadero deseo. Nieta y abuela poseían unos rasgos tan parecidos que, aunque aliviaban su obsesión, tener que conformarse con la versión marchita de las dos bellezas se terminó tornando en rencor. Odió a Helena. Ella, tan vigorosa, con tantas ganas de él. Y la otra, la que de verdad ansiaba poseer, tan lejos de su alcance. No estaba acostumbrado a recibir un no por respuesta y, cuando estas negativas se hicieron habituales durante los intentos de acercarse a la nieta, comenzó a volcar su frustración sobre la cama de la mayor de ellas, con una agresividad y violencia que ésta le desconocía. 

Hacía más de diez años que compartían sus apetitos sin recato, conociendo los gustos más secretos el uno del otro; desde que Felipe era apenas un imberbe hasta ahora, que tanto su cuerpo como sus necesidades físicas habían crecido en la misma proporción, jamás se había comportado así con ella. La dañaba cada vez más, la maltrataba y, donde antes dejaba marcas de pasión y besos demasiado enérgicos, quedaban ahora moratones y señales de caprichosos golpes. El temor que empezó a sentir por él desplazó precipitadamente la pasión que hasta entonces la llevaba a procurar tenerlo cerca en el mayor número de oportunidades posible, hasta que el miedo la terminó empujando a cerrarle tanto las puertas de su casa como el acceso a su cariño.

Tras sucesivos intentos fallidos de Felipe de encontrarse con ella y diversas amenazas lanzadas al aire desde el exterior, que se colaban por las rendijas de las ventanas, el aguante del colérico hombre llegó a su fin. Sabiendo a Helena en el interior de la vivienda, pues oía perfectamente la entrecortada respiración que se escapaba de sus sollozos, forzó la puerta y entró, destrozando todo a su paso. Del mitigado llanto, la abuela pasó a los gritos de auxilio que ni llegaron a los oídos de nadie que pudiera acudir en su ayuda, ni se alargaron mucho en el tiempo. El Lobo, como se le conocería en la comarca a partir de ese día, la golpeó hasta hacerse con ella y, de la forma más salvaje posible, la violó. Tan absorto lo tenía su enajenación que no se percató de la fuerza que ejercía en su víctima hasta que terminó y la sintió inerte.

Gobernado por el inmenso odio que lo había puesto en esa situación y, otra vez, con unas fuerzas más propias de una bestia salvaje que de su propia naturaleza, arrastró el cuerpo, de su hasta entonces amante, hasta dejarlo escondido bajo el mortal lecho de Helena.

Sin prisas, recogió el desorden que él mismo había provocado al forzar su entrada en la vivienda y, recostándose, ocultó su identidad bajo el abrigo de las mantas mientras esperaba, con paciencia y una sonrisa, la llegada de Caperucita roja.

02 enero 2021

Un gran hombre


 Desgarbado, y de rictus amable, es el gigante de mi barrio. Un inmenso cayado sostiene ahora el peso de sus años por la calle Delicias. Todo en él es grande, su ropa, los zapatones, sus pasos y su sonrisa. Es una de esas personas que saben reír con los ojos y, aunque se nota que su gigantismo se ha hecho un problema más notable con la edad, pasea a todas horas sus inmensos huesos por la zona, hasta que se sienta a descansar y observar a la gente pasar en un banco. A todo el que se dirige a él le responde amablemente y es fácil presuponer que conoce profundamente la soledad. El aislamiento de saberse siempre distinto y, ahora ya mayor y viudo, sus camisas arrugadas y el anillo del dedo así lo apuntan, la de tener que aprender a vivir sin compañía.

Siempre lo imagino en una gran cama, en una casa con techos altos porque, si encorvado sobre el bastón ya debe alcanzar los dos metros, erguido ha de ser colosal. Qué extraordinario tiene que ser sentirse abrazada por la inmensidad de un hombre así.

La última vez que coincidí con él fue en una tienda muy cerca de casa. Era la primera vez que tras sus pequeñas gafas no encontré la acostumbrada dulzura. Los clientes de la tienda cuchicheaban alrededor y salían del comercio manteniendo las distancias. Me sorprendió la actitud de unos y el duro gesto del otro, pero compré lo que había ido a comprar y sin más, volví a casa.

Si acostumbrase a leer los periódicos locales me habría enterado que, apenas unos días antes, había sido relacionado con un truculento asesinato y estaba siendo investigado. Libre de momento por falta de pruebas bastantes que lo inculpasen, el barrio que siempre lo había tenido como un representativo y entrañable personaje de la zona, parecía ya haberlo juzgado y, la condena que le impusieron fue someterlo al más absoluto abandono.

No he vuelto a verlo, pero sé por la prensa que las pesquisas de la investigación finalmente condujeron en otra dirección. Mi vecino ha quedado absuelto de cualquier duda sobre su culpabilidad. Sin embargo, parece que no ha vuelto a salir de casa o, a lo peor, ha muerto en su inmensa cama atormentado por la soledad y las miradas hirientes de los destinatarios de su ternura. En cualquier caso, lo que es seguro es que echaré de menos verlo en el decorado de la calle. No es fácil encontrar grandes hombres que además sean grandiosos. Debí sentarme alguna vez a su lado en el banco e intentar conocer su historia.

30 diciembre 2020

'La tendera'

 


Cuando entraste en la tienda solo buscabas una bobina de hilo un poco más grueso de lo normal. Tus pantalones vaqueros preferidos se rasgaron esta mañana por donde el roce de los muslos más castiga la tela y, aunque te puedes permitir el lujo de comprar todos los que quieras, el recuerdo no muy lejano de los meses en que el sueldo se acababa a partir del día diez, te ha empujado a indagar por la zona en la que vives y apenas conoces. Has encontrado una de esas pequeñas mercerías superviviente a pesar de los feroces centros comerciales, donde las tenderas tienen de todo y saben, y además te explican, cómo debes hacer las labores.

Al empujar la puerta, anunciado por el sonido de una antigua campanilla colgada del umbral y, suponiendo tus expectativas una adorable ancianita detrás del mostrador, te has topado con los profundos ojos marrones de la exuberante dependienta que regenta la abarrotada tienda de colores.

Torpe y titubeante conseguiste hacer tu pedido, pero consciente y a sabiendas de querer alargar tu visita, has pedido distintos tipos de adornos mientras ella sonreía a medias, conocedora de tu intención, manteniéndote la mirada.

Cuarenta minutos después de entrar en la tienda, fatigoso, sudoroso y abrazado a la vendedora en un suelo lleno de botones esparcidos, con la campanilla silenciada por la doble vuelta echada de la puerta, y escondidos tras el mostrador, has resuelto que las grandes superficies son frías e impersonales. Que no hay nada como el trato cercano de los comercios de barrio y el saber hacer de las afectuosas tenderas de toda la vida.

25 diciembre 2020

El verano más caluroso


 ¡Que  calor  hizo  ese  verano!  Yo  sin  embargo,  estaba  con  mi  familia  en  la  sierra donde  por la  noche  incluso  dormíamos  tapados. Tenía  catorce  años  y  Manu  dos  años  más  que  yo.  Pasamos  ese  verano  correteando  uno detrás  del  otro  por  el  borde  de  la  piscina,  mirándonos  desde  lejos  y  esquivándonos cuando  la  situación  ya  daba  mucha  vergüenza.  Nos  conocíamos  de  vista  del  año anterior,  algunos  amigos  comunes,  pero  nunca  habíamos  cruzado  una  palabra  hasta entonces. Aun  así, ningún diálogo entre  los dos  tenía  una  duración superior  a  dos frases. Como  suele  pasar  en  estos  casos,  no  fue  hasta  el  final  de  mis  vacaciones  en  el  pueblo cuando  se  produjo  un  acercamiento.  Se  acababa  el  tiempo,  nos  gustábamos  y  lo sabíamos  los  dos.  Así,  los  juegos,  las  bobadas  y  el  buscar  cualquier  pretexto  para acercarnos  se  convirtieron  en  el  objetivo  diario.  ¡Qué  bonita  aquella  edad  y  qué  ajena vivía  yo a  todo, incluso a  si hacia frío o calor! 

Por  fin  una  tarde,  mientras  cumplíamos  con  nuestra  única  obligación  diaria,  estar  de cuatro  a  ocho  de  la  tarde  en  la  piscina  municipal,  se  produjo  lo  que  llevaba  deseando todo  el  verano.  Sin  estar  planeado,  pero  acuciados  por  mi  inminente  marcha  del  pueblo, abandonamos  cada  uno  la  respectiva  partida  de  cartas  con  la  pandilla  y  nos  zambullimos en  el  agua  a  la  vez.  Nos  quedamos  allí,  pegados  al  borde  de  la  piscina,  uno  al  lado  del otro, sin decirnos nada, un poco agazapados intentando no ser vistos  por los demás. Estábamos  callados  y  sin  embargo,  la  tensión  hablaba  más  fuerte  que  cualquier  cosa  que hubiésemos  podido  haber  dicho.  Manu  se  acercó  un  poco  más.  Yo  respondí  a  su  gesto de  la  misma  manera  y  cada  centímetro  que  ganábamos  al  aproximarnos  al  otro multiplicaba  el  nerviosismo.

Envalentonado,  me  cogió  la  mano  con  la  que  me  sujetaba al  bordillo,  me  miró  y  tiró  de  mí.  Nos  sumergimos.  Entonces,  bajo  el  agua,  haciendo esfuerzos  para  que  los  cuerpos  no  subieran  solos  a  la  superficie  y  mientras  los  ojos  se miraban muy  abiertos, nos besamos. La  emoción  y  el  estallido  hormonal  que  viví  en  ese  instante  no  son  comparables  con nada,  por  muy  intensas  o  eróticas  que  hayan  sido  otras  experiencias  de  mi  vida. Sencillamente era  la primera  vez  que  deseaba  a  alguien  y  la primera  que  éste me  besó. ¡Qué  calor hizo ese  verano!  Incluso bajo el agua. 

20 diciembre 2020

CARMELITA- ÁLTER EGO CARICATURESCO


     Bajita y con unos inmensos y desproporcionados ojos verdes, que son el único rasgo reseñable de mi fisonomía, jamás pensé que esos dos fueran a centrar su atención en mí. Pensaba salir del brete calladita, obedeciendo y pasando desapercibida, cómo hago todos los dias de mi vida. Pero atendiendo a que además de un poco torpe, no soy muy buena vaticinando desenlaces, todo salió al revés. 

  Mientras intentaba solucionar el desaguisado con el pago de algunas facturas en la oficina de mi banco, al empleado de la sucursal le dio por hacerse el héroe. Cuando entraron los dos cretinos con vocación de atracadores, estábamos ya trece personas presentes entre los que se contaban clientes, dos empleados, los ineptos en cuestión, el director del banco y la señora de la limpieza que, terminando de recoger sus chismes, se disponía a marcharse. Tras escuchar el manido grito de "¡todos al suelo! Esto es un atraco" nos tiramos al unísono como a las trincheras, inmediatamente. Eran tales los temblores con que los rufianes empuñaban sus armas que pensé podrían fácilmente matar a una persona con tres disparos diferentes, en vertical , de un solo impulso. 

En el momento en que amenazaron directamente al cajero, que unos minutos antes me atendía a mí, y su compañero, con más pánico que disimulo, pulsó el botón rojo de alarma, fué cuando se desató el caos. Los atracadores comenzaron a gritar, los clientes a llorar espasmódicos y yo, que soy medio tonta, me ví de repente entre una pistola y una adorable anciana que estaba siendo encañonada. En cuanto lo hice, y mientras me escuchaba tratar de dialogar con los mequetrefes que nos iban a dar el día, me pregunté qué carajo hacía yo delante de una pistola defendiendo a una vieja. Sin embargo, como la situación no dejaba mucho espacio a la meditación, haciendo uso de mis dotes de relaciones públicas, aunque en modo vibrador, traté de contener al tipejo que me apuntaba directamente al flequillo, apelando a su supuesto sentido común.  Pero como el diálogo, la negociación y ruegos no parecían hacer mella en mi interlocutor, me ví otra vez avocada a actuar impulsivamente. Sin ser consciente del movimiento que ejecutaba, hundí la rodilla en la zona más blanda del tipo que, según me contaron más tarde, cayó al suelo por el dolor, no sin antes propinarme un fuerte golpe con la culata del arma en la cabeza que me dejó fuera de juego. Para cuando desperté, en una ambulancia en la puerta del banco, ya había pasado todo. Por lo visto, en el mismo instante en que el fallido ladrón y yo nos derribabamos, llegó la policía y el episodio se resolvió sin mas consecuencias ni heridos que yo misma. 

Así las cosas, los malos detenidos, mis urgentes gestiones bancarías sin realizar, y con un aparatoso, a la par que ridículo, vendaje en la cabeza, aparecí en todos los medios locales de comunicación como ejemplo de imprudencia y de lo que no se debe hacer en una situación similar. El héroe del día, el que pulsó el botón. De esta estúpida, y temeraria manera, dejé de ser cauta y de pasar desapercibida. 

10 diciembre 2020

Martina y la lluvia

Desde la acera de enfrente se veía llover dentro del portal diecinueve.   

El agua corría por el rellano cayendo por el zaguán hasta la calle y atravesando el gran portón.  

La lluvia rebasaba ya el quicio de la puerta y resbalaba mojando los pies de la pequeña  Martina que inmóvil, veía escaparse el agua desde su casa donde un aplacado sol  iluminaba el día.  

No era la primera vez que la lluvia la recibía al llegar a casa, pero si la primera que la  niña se detenía a observar el fenómeno. Quieta como estaba, con una bolsa colgando del  
brazo bajo el marco de la puerta, escudriñó atenta los rincones del recibidor.  

Mientras el agua le mojaba el rostro se dio cuenta que la lluvia era fina y constante. Caía directamente desde el techo y el sonido que producía, primero contra la gran mesa de mármol y después sobre el suelo, conseguía mitigar el eco habitual de la destartalada  vivienda -media sonrisa se dibujó en su cara-.  

Martina vivía sola en esa gran casa, en una calle olvidada de cualquier ciudad. Tanto sus  días como sus noches se caracterizaban por un mismo sonido, el silencio. Un rotundo y  ensordecedor silencio que la despertaba por las mañanas y arrullaba por las noches.  
Permanecía también constante por las tardes y no enmudecía jamás.   

La monotonía de ese callado ruido era para la pequeña la más pesada de las cargas. La  lluvia sin embargo, aliviaba el tormento que le invadía, la nada.  

Lentamente entró y cerró tras de sí la puerta. Dejó la bolsa que llevaba sobre la mesa,  junto al pequeño jarrón lleno de flores frescas y subió lentamente las escaleras de  madera hacia el comedor. Contempló la habitación y los pocos muebles que lo abrigaban, tan solo un par de sillas y una antigua butaca, así como los rincones llenos de montones de muy distintas cosas. No estaban mojados. El agua caía sobre ellos como sobre el suelo pero sin embargo, no se calaban, el agua parecía resbalar.   

Martina extendió una mano y de inmediato comprendió que la lluvia solo la mojaba a ella.  

Se dirigió resuelta hacia una de las pilas de cosas apoyadas contra la pared y  
rebuscando, cogió un raído cuaderno verde. Quizás su pertenencia más querida y sin  embargo, abandonado en un rincón años atrás.   
Al ojearlo, después de mucho tiempo, se enfrento con su propia caligrafía y por segunda  vez en un mismo día, sonrió.   
 
Sin siquiera percibir sus propios movimientos se encontró sentada en el suelo, junto a la  ventana, releyendo historias fantásticas que ella misma había inventado.   

El sol entraba por el balcón, se cruzaba con la lluvia doméstica sobre el cuaderno y  dibujaba un tímido arcoíris sobre sus páginas.   

La pequeña, guiada por una sensación que la sacudía, tomó un lápiz y comenzó a  escribir y así, mientras se regocijaba, como hacemos todos cuando elevamos nuestros sueños otra vez, comenzó a secarse su agua y en el número diecinueve dejó de llover.

Hora de la medicación

¿Te imaginas una sociedad en la que los sujetos estuvieran siempre anestesiados para soportar su propia existencia ? Supón que esas dro...