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14 septiembre 2022

El ventilador entrometido


¡Vaya situación extraña la de esa tarde! Papá, estaba dispuesto a arrancar de un tirón el ventilador del techo del salón, con tal de dejar de escuchar las quejas de mamá; que si le daba miedo, que si era cosa del demonio, que nos traería muchos problemas, que si es una aberración de aparato…

¡Qué intransigente es siempre mi madre con todo! Las cosas tienen que ser exactamente como se espera que sean y punto. Nada ni nadie puede salirse de su cuadriculado esquema mental.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que observamos una atmósfera rara en la salita de estar y, desde luego, hasta hoy, nunca lo habíamos achacado al sencillo ventilador de techo. Lo primero que pensamos, el día que, estando reunidos con los vecinos en casa, uno de ellos cambió drásticamente su discurso, disparando verdades como puños a su esposa, sin filtro y sin parar, fue que al pobre se le había ido la cabeza, seguramente por estar sometido a demasiado estrés (pensamos). Era una tarde calurosa, los mayores tomaban café con el ventilador girando sobre sus cabezas a marchas forzadas mientras los niños, nos entreteníamos coloreando y haciendo las cosas que hacemos los niños cuando los mayores toman café. Ernesto, el vecino, abandonó durante la charla, y sin previo aviso ni motivación aparente, su habitual papel de calzonazos para decirle a Marta, su señora, todas aquellas cosas que jamás se había atrevido durante los quince años de matrimonio. Los presentes estupefactos (incluida una servidora que incluso dejé de hacer lo que estaba haciendo al notar el manifiesto cambio en el tono de voz). Todos sentimos enrarecerse de clima del salón. La vecina estaba lívida por la desfachatez y falta de compostura de su marido. La tarde terminó con la prematura marcha de nuestros invitados.

Como decía, no sé exactamente si esa fue la primera vez que ocurría algo así en esa estancia, pero ahora que hemos comprobado que es el ventilador el que altera los diálogos y la voluntad de los interlocutores, y echando la vista atrás, creo que el divorcio algunos meses después de Marta y Ernesto, podría ser en gran parte responsabilidad del electrodoméstico.


Papá comentó esta tarde, en pleno estallido dramático de mamá, que la imprevista declaración de amor de Juanma a mi hermana Eva, el pasado verano en esa misma sala, con todo lo torpe que es su ahora yerno - decía papá -, tuvo que ser también cosa del cambio de aire que proporciona el aparato y que, por tanto, no es tan malo.

Sin embargo, dejando a un lado la cantidad de situaciones en las que, sin saberlo nosotros, el impertinente dispositivo ha podido intervenir en nuestras vidas, lo más trascendental de todo esto lo resumiría en dos cosas. La primera, y más alucinante, es que tenemos en casa un ventilador mágico capaz de alterar la naturaleza de las personas, para bueno o para malo, pero siempre en favor de la verdad sin tapujos. Y segunda, he sido yo, una simple niña de once años la que, presenciando una discusión entre mis padres, por una nimiedad cotidiana, y tras volver a advertir un súbito cambio en el tono del diálogo de una conversación de mayores, he pensado que podía guardar relación con el ventilador y el hecho de que acabaran de subir su potencia. Así que, lo he desenchufado volviendo los dos en el acto a la normalidad. (Todo lo normales que pueden ser dos adultos que, después de mi hallazgo, se han pasado la tarde realizando experimentos encendiendo y apagando un aparato para confirmar que mi “ocurrencia” era acertada).


No deja de parecerme curiosa la manera en que la gente mayor vive sin percatarse de gran parte de las cosas que les rodea, ofuscados como están en controlarlo todo y dejar de hacerse preguntas. En fin, supongo que, a partir de ahora, en mi casa se valorará mucho si hace tanto calor como para arriesgarse a decir lo que se piensa.

 

 Relato extraído del libro 'Sueños enredados', publicado por la Editorial La Fragua del Trovador.

 https://www.lafraguadeltrovador.com/pagsecun/otraspublicaciones.htm

23 abril 2021

Al son de las cerezas

_No es fácil vivir en Cuba… ¡A dos con noventa y nueve está el kilo de cerezas en el puestico del barrio! Si la cosa sigue así, el niño tendrá que dedicarse a otra cosa o hacerlas con otra fruta - le decía irritado Orlando a Marian mientras inventaba la forma de que los veinte euros de sueldo cubano les alcanzara para comer, poder darle una ayudita a Dayron y pagar los gastos de la casa que no sufragaba el estado-.

_Además Marian, esa maldita fruta, importada y carísima, no te hace ningún bien -apuntillaba el negrón- Tiene demasiado azúcar para quien sufre diabetes. ¡No deberías pasar ni por donde las venden! Si el muchacho no fuera tan derrochador, si guardara algo de lo que gana meneando el culo para los turistas en el Tropicana, o si dejara de regalarles las que hace a las yumas, podría comprarse unas maracas como dios manda para el show, y nosotros dejar de comer cerezas y guardar huesos. ¡Que les regale papayas para irse con ellas, pinga!

No es fácil vivir en Cuba, pero puede ser un poquito más sencillo si eres un mulato de metro noventa y cuatro de estatura, con veintiún años, y sabes más sobre cómo buscarte la vida que cualquier europeo de cuarenta.

Dayron, comenzó a trabajar como bailarín de relleno en el más célebre cabaret caribeño por casualidad y por cansón. Con tal de no escucharlo más, Mikel, un amigo de la familia, le echó una manita para que cubriese los huecos del ballet cuando hacía falta. Llegar a bailar en el escenario del Tropicana no era sencillo, había que tener mucho talento y bastante trayectoria profesional. En su defecto, el mulato, tenía incontable poca vergüenza, mucha labia y la capacidad de encandilar a cualquier mujer, independientemente de la edad de ésta o el idioma en el que se expresara, con solo una sonrisita y unas maracas caseras. ¿Habrá algo más especial y conmovedor que un regalito hecho con las propias manos? Dayron sabía que no.


Así, bailando al fondo del espectáculo caribeño, donde solo hacia bulto, y ni se veían sus pasos, ni se oía el son que producían los huesos de cereza contra la cascara de coco de sus maracas, el muchacho pasaba seis noches a la semana.

Los noventa minutos que duraba el espectáculo eran para él preámbulo obligatorio antes de empezar el verdadero trabajo. ¡Más le valía con el ruinoso sueldo que le pagaban!

Estar en nómina en la Habana no alcanzaba para nada, sin embargo, todo lo que permitiera alternar con los turistas era un filón. Si se sabía hacer, lo mínimo que podía sacar una noche era compartir unos tragos de ron con unas turistas lindas, una agradable velada, y amanecer en la cama de algún buen hotel de la Habana de donde se iría desayunado y posiblemente con algún regalito en metálico.

Pero vivir en Cuba no es fácil, y nadie elige de quien se enamora. Una tarde, mientras ultimaba otro par de maracas para regalar al finalizar la actuación, conoció a Pedro. Tenía su misma edad y el parecido físico de ambos era asombroso. Éste, había trabajado también de modelo anteriormente, y tenía para contar muchas historias y experiencias que a Dayron le parecían muy interesantes. En seguida se hicieron inseparables. Los hermanos del Tropicana los llamaban. Se intercambiaban la ropa y lo compartían prácticamente todo. No había mesa de turistas, bonitas o feas, que se resistiera al tándem. Todas querían compartir tragos, bailes y risas con ellos, y la competencia era feroz para conseguir ser la elegida, e irse al hotel acompañada por alguno de los dos adonis.

Las semanas parecían una continua fiesta, y las ganancias y los regalitos se les multiplicaban. Pedro era un seductor profesional, se las sabía todas y Dayron aprendió las que aún no se sabía. Pero no todo fue parranda. El, hasta entonces, sencillo mulato, que vacilaba a las chicas al son de los huesos de las cerezas de sus maracas, también sucumbió a la gracia y los encantos de Pedro. Cada vez ponía menos interés en sus propias conquistas, y retrasaba el momento de irse con ellas para pasar más tiempo con su compañero de correrías. Empezó a comprender lo que le ocurría la primera vez que sintió una punzada en el estómago al verlo irse con la extranjera de turno. Esa noche lo odió.

Vivir en Cuba no es fácil. Y, aunque es una isla maravillosa llena de música y pequeños placeres, el tiempo allí trascurre de distinta manera a como lo hace en los demás relojes del mundo. Al calendario de la Habana se le cayó la última hoja en los años cincuenta del siglo pasado, para lo bueno y para lo malo; y para Dayron, sin más valor ni habilidad que la maña para hacer y tocar maracas caseras, y moverse a ese son, fue imposible hacer frente a sus sentimientos.

Así pues, por si no fuera ya bastante complicado vivir en Cuba, y aunque el muchacho conseguiría hacer carrera en el mejor cabaret de la isla pasando las noches con las muchachas más lindas, todas las mañanas su primer pensamiento sería para el otro de los llamados “hermanos del Tropicana”. Lo quiso siempre en silencio sin que nadie sospechara nada, y su condena, por vivir de los anhelos de las turistas, fue no saber nunca lo que se siente al amar abierta y sinceramente, ni llegar a ser amado.

 Relato extraído del libro 'Sueños enredados', publicado por la Editorial La Fragua del Trovador.

 https://www.lafraguadeltrovador.com/pagsecun/otraspublicaciones.htm

Hora de la medicación

¿Te imaginas una sociedad en la que los sujetos estuvieran siempre anestesiados para soportar su propia existencia ? Supón que esas dro...