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31 diciembre 2022

Hora de la medicación

¿Te imaginas una sociedad en la que los sujetos estuvieran siempre anestesiados para soportar su propia existencia?

Supón que esas drogas, legales, las suministrara el Estado todas las mañanas en función del grado de dependencia o hastío del individuo en cuestión.

Ahora, hazte a la idea de que todo lo anterior es real y, si puedes, asúmelo.

 

Tú, como la mayoría, vives la vida a pelo, tal cual viene, con sus frustraciones, ansiedades y desengaños pero no todo el mundo lo hace así. Hay una parte muy numerosa de la sociedad que, incluso privada de libertad por la comisión de un delito y posterior dictamen de un juez, pasa los días narcotizada para no sentir el agónico paso de las horas ni el doliente peso de sus condenas. Yo desde hace unos días, soy una de ellas.

Para que os hagáis una idea, es algo así como cuando estas muy, pero que muy derrotado. Llegas a casa después del trabajo, abres una botella de vino y decides que esa noche te vas a relajar si o si. Bebes hasta que dejas de ser parte de tu propia vida, responsable de las consecuencias de tus decisiones y pasas a ocupar el indulgente papel de observador desde la alejada mirada de una tercera persona. El objetivo entre rejas es el mismo, solo que cuando lo haces en libertad no corre a cuenta dela administración.

Estar encerrado y rodeado de variados delincuentes, los malos que nadie quiere ver o cruzarse por la calle, ya te digo yo que ciertamente causa ansiedad pero ¿tiene algún sentido que te impongan una condena de privación de libertad y al mismo tiempo te proporcionen las drogas legales necesarias para no enterarte de lo que te está pasando? Desde el punto de vista de una servidora, ningún sentido aunque agradezco igualmente tan magnánima indulgencia.


                                                                                                        

30 mayo 2022

Los setos también tienen flores


¿Te acuerdas cuando hacíamos collares con las flores blancas que recogíamos en el recreo? me preguntó cuando nos sentamos a hablar más de veinte años después de terminar el colegio.

¡Claro que me acuerdo! contesté eran florecitas pequeñas y con un hueco en el centro que aparecían en los setos como de un día para otro a finales de marzo o principios de abril, coincidiendo con el cambio de los malditos leotardos del uniforme a los insuficientemente largos calcetines verdes. Seguía haciendo frío por más largos que fuesen los días. Eran como el anuncio de que se acercaba el verano y faltaba poco para las vacaciones.

Sí, esas flores que por cierto, no es que tuvieran un agujero en el medio sino que era el resultado de arrancarlas, bonita me aleccionó Isa. Nos íbamos un viernes del colegio sin que existieran y el lunes al regresar habían llenado caprichosamente de blanco los insulsos setos. Como una recurrente sorpresa aunque el proceso se repitiera todos las primaveras. Pero claro, nosotras eramos niñas y la inocencia tiene eso, que te sorprende y te hace ser feliz con los más insignificantes acontecimientos.

Aún así ―seguí yo hay gente adulta que piensa y vive así. Es decir, solo buscan la belleza en los sitios comúnmente aceptados como hermosos y creen que entre lo oscuro, anodino o espinoso no hay nada significante que encontrar. Con las personas pasa lo mismo. Lo contrario que nosotras de pequeñas que descubríamos lo extraordinario entre los matorrales que delimitaban los patios del cole. ¡Bendita inocencia!

Incluso habiendo pasado dos décadas sin vernos, ahora con sendas copas de vino tinto delante, me sentí al tenerla frente a mi como en los años escolares. Con la misma complicidad y confianza de siempre que antes de hacernos mujeres adultas. ¡Cuán poderosas son las pequeñas flores que encontramos en las matas los primeros años de vida! ―pensé.

Una vez puestas al día sobre los temas más mundanos. Habíamos resumido media vida con la falta de importancia que da el paso del tiempo sobre acontecimientos que en su momento lo significaron todo. Así, supimos que ni ella había llegado a ser médico forense ni yo periodista aunque ambas teníamos un buen trabajo o al menos estable que nos permitía vivir de manera independiente. Ninguna teníamos pareja. Ambas habíamos tenido demasiados chascos amorosos y un día dejamos de darle importancia a ese aspecto de la vida. Sin embargo, coincidió que en los últimos meses, las dos nos habíamos vuelto a enamorar; sin ningún resultado pero con la misma ilusión.

Asimismo ocurre con el amor y solo he tardado cuarenta años en darme cuenta ―continuó Isa con su característico toque de ironía.

Con cada copa de vino la conversación fue haciéndose cada vez más profunda y a la vez más rara. De un tema saltábamos a otro y cada frase de la una o la otra daba pie a una nueva divagación que nos convertía por momentos en dos sabias filosofas o solo dos borrachas disfrutando en un bar, según quién juzgue la escena.

 

No puedo estar más de acuerdo contigo ―respondí― es decir, cuando eramos pequeñas nos atraía a todas él mismo chico, el guapo de la clase y no existía nadie más que pudiera eclipsar su atención. Sin embargo, al ir haciéndonos mayores nuestros gustos se fueron distanciando y cada una descubrió los suyos. Fuimos aprendiendo a percibir belleza y virtudes en personas que las demás no veían. Algo así como descubrir matices en los colores que otros ven planos. ―continué― Es lo mismo que ver solo un triste seto o, como hacíamos nosotras de niñas, recoger esas efímeras florecitas que enlazamos sobre la ramita flexible como hacemos con las pequeñas cualidades de las personas cuando nos enamoramos.



Bueno amiga, ¿qué pasó con el último seto de tu vida? ―me preguntó a bocajarro pero no sin anestesia. De anestesia íbamos bien servidas saboreando ya la tercera ronda de rojo suero de la verdad―.

Que no me creyó cuando le dije que amaba sus florecitas ―contesté―.

Con dos medias sonrisas y sin tener que dar más explicaciones, nuestros ojos se entendieron y entre el bullicio del bar se escuchó un sonoro ¡camarero otra ronda! Que dijimos al unísono ―carcajadas―.

16 marzo 2022

EL CLIMAX FINAL

La muerte empezó anegándolos en el mismo instante  en que sus cuerpos, exhaustos y sudorosos, alcanzaban un intenso orgasmo.   


Fue la noche de San Juan y, buscando un poco de intimidad, Evgeny y Yana, se  escaparon a las proximidades del lago para dar rienda suelta a sus ardores. Era la  primera vez que llegaban tan lejos. También sería la última. 

Llevaban pocas semanas saliendo juntos, estudiaban en distintas facultades y, aunque ni  siquiera ellos auguraban un largo futuro a su relación, sus veintidós años apremiaban las ganas de poseerse el uno al otro. Así, aquella señalada velada en la que los jóvenes suelen reunirse en torno a una hoguera hasta el amanecer, ellos prefirieron tomar  prestado el coche del hermano de la chica y pasar a solas la noche más corta del año.  

Ya en las inmediaciones del lago Volograd, Yana aparcó el Smart y, tras unos tímidos besos y alguna nerviosa caricia, fueron al asiento trasero del coche. Ahí atrás, los gestos dejaron de ser cautos y, más guiados por las ganas que por el saber hacer, sus  movimientos empezaron a ser más que impetuosos.  

 

Tan enérgica era su danza, que ni cuenta se dieron cómo el coche se desplazaba al  compás de su sinfonía dirección al lago. Así, regodeándose en su propio placer, ajenos a  cualquier movimiento que no fuera suyo, y mientras su encuentro sexual se acercaba a  la culminación, el coche cayó dentro del lago.  

Del tiempo que tardó el agua mortal en anegar el vehículo nadie se atreve a dar cuenta  con fiabilidad. Si nos atenemos exclusivamente a los hechos objetivos, las autoridades  encontraron, en un coche sumergido y con prendas de ropa esparcida por doquier, a dos  jóvenes desnudos y abrazados en el asiento trasero, sin ningún tipo de señal de forcejeo.  

La prensa local, por su parte, tituló la noticia de la forma más llamativa posible: "Una pareja muere ahogada en el coche mientras practicaban sexo".


A los demás, que conocéis y habéis experimentado ese placer, os aliviará saber que la muerte los alcanzó en el preciso momento en el que el alma parece escaparse del cuerpo, las fuerzas te abandonan y yaces junto a otra persona sintiendo solo bienestar y placer en el clímax final.

Hora de la medicación

¿Te imaginas una sociedad en la que los sujetos estuvieran siempre anestesiados para soportar su propia existencia ? Supón que esas dro...