―¿Te acuerdas cuando hacíamos
collares
con las flores blancas que recogíamos
en el recreo?―
me
preguntó cuando
nos sentamos a hablar más de veinte años después de terminar el
colegio.
―¡Claro que me acuerdo!
―contesté―
eran florecitas pequeñas y con un hueco en el centro que aparecían
en los setos como de un día para otro a finales de marzo o
principios de abril, coincidiendo con el cambio de los malditos
leotardos del uniforme a los
insuficientemente
largos
calcetines verdes. Seguía
haciendo frío por más largos
que fuesen los días. Eran
como el anuncio de que se acercaba el verano y faltaba poco para las
vacaciones.
―Sí, esas flores que por cierto,
no es que tuvieran un agujero en el medio sino que era el resultado
de arrancarlas, bonita ―me
aleccionó Isa―.
Nos íbamos
un viernes del colegio sin que
existieran y el lunes al
regresar habían
llenado caprichosamente de
blanco los insulsos
setos.
Como una recurrente
sorpresa aunque el proceso se repitiera todos las primaveras. Pero
claro, nosotras eramos niñas y la inocencia tiene eso, que te
sorprende y te hace ser feliz con
los más insignificantes
acontecimientos.
―Aún
así ―seguí
yo―
hay gente adulta que
piensa y vive así. Es decir, solo buscan la belleza en los sitios
comúnmente
aceptados como
hermosos y creen que entre lo oscuro, anodino o espinoso no hay nada
significante que encontrar. Con
las personas pasa lo mismo. Lo
contrario que nosotras de
pequeñas que
descubríamos
lo extraordinario entre los matorrales
que delimitaban los patios
del cole. ¡Bendita inocencia!
Incluso
habiendo
pasado
dos décadas sin
vernos, ahora con sendas copas de vino tinto delante, me sentí al
tenerla frente
a mi
como en los años escolares. Con la
misma complicidad
y confianza de
siempre que antes de hacernos mujeres adultas. ¡Cuán
poderosas son las pequeñas
flores
que encontramos en las
matas
los primeros años de vida! ―pensé.
Una
vez puestas al día sobre
los temas más mundanos. Habíamos resumido media vida con la falta
de importancia que da el paso del tiempo sobre acontecimientos que en
su momento lo
significaron
todo.
Así, supimos que ni ella había llegado a ser médico forense ni yo
periodista aunque ambas teníamos un buen trabajo o al menos estable
que nos permitía vivir de manera independiente. Ninguna teníamos
pareja. Ambas habíamos tenido demasiados chascos amorosos y un día
dejamos de darle importancia a ese aspecto de la vida. Sin embargo,
coincidió
que en
los últimos meses, las
dos
nos habíamos vuelto a enamorar; sin
ningún resultado pero con la misma ilusión.
―Asimismo
ocurre con el amor y solo he tardado cuarenta años en darme cuenta
―continuó
Isa con
su característico
toque de ironía.
Con cada copa
de vino la conversación fue haciéndose cada vez más profunda y a
la vez más rara. De un tema saltábamos a otro y cada frase de la
una o la otra daba pie a una nueva divagación que
nos convertía
por momentos en dos sabias filosofas o solo
dos
borrachas disfrutando en un bar, según
quién
juzgue la escena.
―No puedo
estar más de acuerdo contigo ―respondí― es
decir, cuando eramos pequeñas
nos atraía
a todas él mismo chico, el guapo de la clase y no existía nadie más
que
pudiera eclipsar su atención.
Sin embargo, al ir haciéndonos mayores nuestros
gustos se fueron distanciando
y cada una descubrió los suyos. Fuimos
aprendiendo a percibir
belleza y virtudes en personas que las
demás no veían.
Algo así como descubrir matices en los colores que
otros ven planos. ―continué―
Es lo mismo que ver solo un triste seto o, como hacíamos
nosotras
de niñas,
recoger
esas
efímeras florecitas que
enlazamos
sobre
la
ramita flexible como
hacemos
con las pequeñas cualidades de las personas cuando nos
enamoramos.
―Bueno amiga,
¿qué pasó con el último seto de tu vida? ―me preguntó a
bocajarro pero no sin anestesia. De anestesia íbamos bien servidas
saboreando ya la tercera ronda de rojo suero de la verdad―.
―Que no
me creyó cuando le dije que amaba
sus
florecitas ―contesté―.
Con dos medias
sonrisas y sin tener que dar más explicaciones, nuestros ojos se
entendieron y entre
el bullicio del bar se
escuchó un sonoro
¡camarero otra ronda! Que
dijimos
al unísono ―carcajadas―.